Daniel Rojas es electricista y fontanero, lo que en Cataluña se conoce como 'lampista'. A sus 29 años, y después de una etapa como empleado en la que estaba "contentísimo", ha decidido dar el salto y hacerse autónomo. Una decisión marcada por el vértigo inicial y el miedo a la falta de trabajo, especialmente con un hijo pequeño. "Me daba miedo, como a todo el mundo cuando empieza, dices, 'hostia, ¿y si no tengo faena?'", confiesa. Lejos de suponer un problema, su jefe le dio el impulso definitivo para volar en solitario. "Dani, cuando quieras, vuela", le animó, dejándole las puertas abiertas en la que considera una "familia de puta madre". A pesar de que su marcha pudiera afectar a la empresa, donde trabajan unos 50 empleados, la relación sigue siendo excelente. Tanto es así que, debido a su volumen de trabajo actual, a veces les pasa faenas a ellos. La realidad ha superado cualquier expectativa. Daniel se encuentra "desbordado" de trabajo, principalmente gracias al boca a boca. Su temor a no tener encargos se ha transformado en una situación en la que puede permitirse el lujo de ser selectivo. Trabaja mayoritariamente por su zona, entre Cuevató, Parradera y Martorey, e intenta evitar los desplazamientos a Barcelona. Este exceso de demanda le ha llevado a una posición que muchos envidiarían. "He dicho que no a muchas faenas porque no me apetecía hacerlas, porque podía elegir hacer otra que sí que me apetecía y las hacía, ya está", explica con naturalidad. No se trata de un acto de soberbia, sino de una consecuencia directa de la alta demanda de profesionales cualificados en el sector. Los inicios, sin embargo, no estuvieron exentos de obstáculos. Aunque se ahorró la inversión en herramientas, que ya poseía por afición, tuvo que comprar una furgoneta de segunda mano por 4.500 euros que resultó ser una "chatarrería vieja". A los pocos días, el vehículo empezó a perder aceite y, tras una primera reparación, lo dejó tirado en la autovía, obligándole a realizar otra inversión. Para Rojas, el mayor beneficio de ser su propio jefe es la libertad. Compara la sensación con un hito de juventud: "Es como cuando te sacas el carnet de coche, tío. Cuando tienes 18 años no tienes carnet, te tienen que llevar tus padres a todos lados, es la misma sensación". El apoyo familiar ha sido fundamental en este proceso. Su mujer no solo le animó a dar el paso ("que ya tardaba", le dijo), sino que además se encarga de toda la gestión administrativa, una parte del negocio que a él se le escapa. "Yo no sé hacer una puta factura, tío", admite. Gracias a esta división de tareas, él puede centrarse en el trabajo técnico. Esta nueva estructura laboral le permite una conciliación que antes era impensable. "Si tengo que llevar a mi niño al médico un lunes a las 11, no trabajo. El martes trabajaré hasta las 11 de la noche, y ya está", comenta. Es una flexibilidad que, asegura, "se lo recomiendo a todo el mundo". El caso de Daniel evidencia el buen momento que viven los oficios en España. Sobre los salarios, señala que un oficial de primera en Cataluña puede ganar unos 1.800 euros netos, aunque considera que las cifras deberían ser más altas dado el coste de la vida actual. A pesar de ello, defiende la profesión por encima de todo: "A mí me mola mi curro". Además de su trabajo diario, Daniel es muy activo en redes sociales, donde comparte contenido de valor y ayuda a jóvenes que se inician en el sector. Ahora, junto a su socio Alex, está desarrollando un nuevo proyecto empresarial: una compañía de revisiones técnicas del hogar para futuros compradores de vivienda, con la que certificarán el estado de las instalaciones. A largo plazo, su gran sueño es poder comprar pisos, reformarlos íntegramente y venderlos. "Dedicarme a comprar, arreglar yo y vender", resume. Un objetivo que refleja su pasión por el oficio y su mentalidad emprendedora, siempre buscando nuevos retos y oportunidades en un sector en pleno auge.