La política exterior española hacia Venezuela bajo el Gobierno de Pedro Sánchez ha sido, en el mejor de los casos, errática. Y en el peor, cómplice. La reciente crisis abierta por la detención de Nicolás Maduro tras una operación militar estadounidense ha vuelto a poner de relieve la ausencia total de liderazgo internacional del Ejecutivo español y su peligrosa cercanía con el régimen chavista. Mientras la comunidad internacional asume, con matices, la gravedad de lo que ocurre en Venezuela, Sánchez ha optado por condenar la intervención de Washington y aferrarse a una equidistancia que es, en la práctica, un aval a la dictadura de Caracas. España ha perdido su papel histórico como interlocutor válido en Iberoamérica. Ya no media, ni propone, ni influye. Como recuerdan fuentes diplomáticas, «el papel de España es nulo en esta historia porque así lo ha buscado Sánchez desde que llegó a la Moncloa». La causa no es otra que su alineamiento político con el chavismo, que tomó forma desde la visita clandestina de Delcy Rodríguez a Barajas en 2020, cuando tenía prohibida la entrada en la Unión Europea. Aquel episodio marcó el cambio de rumbo del Ejecutivo: de un tímido apoyo a Juan Guaidó al progresivo blanqueamiento de Maduro y su entorno. España debe hacer examen de conciencia. Nuestra diplomacia, que antaño siguió objetivos de Estado, ha sido capturada por el sanchismo, cuya actitud hacia Venezuela ha sido ambigua y oportunista. Figuras como José Luis Rodríguez Zapatero sirvieron de puente para legitimar al chavismo en foros internacionales, anteponiendo intereses partidistas a los derechos humanos. Esta tibieza ha debilitado a la Unión Europea y empañado nuestra credibilidad regional. El expresidente Zapatero ha desempeñado una labor de zapa constante. Desde su intervención directa para trasladar a Edmundo González –presidente electo de Venezuela– de la embajada de Países Bajos a la de España con el objetivo de convencerlo de abandonar el país, hasta sus reiterados esfuerzos por condicionar las elecciones y perpetuar a Maduro en el poder, Zapatero ha actuado como un agente de influencia del régimen bolivariano, sin que Sánchez se haya desmarcado de esa política. Lo más grave es que, en esta deriva, el Gobierno español ha distorsionado la percepción europea. Si Maduro ha podido resistir durante tanto tiempo es porque gobiernos como el de Sánchez han actuado con una complacencia que ha restado fuerza a la presión internacional en los momentos decisivos. Resulta escandaloso ver a los socios de coalición de Sánchez –Podemos, Sumar, EH-Bildu– manifestarse en ciudades españolas en apoyo al dictador venezolano, ignorando décadas de fraude electoral, torturas, asesinatos y represión. No alzaron la voz en 27 años, pero hoy se movilizan para defender al tirano procesado por narcotráfico y terrorismo. Frente a esta deshonra institucional, una parte de los 700.000 exiliados venezolanos que ha acogido España salieron a la calle para celebrar la caída del dictador. Gente trabajadora, cualificada, que huyó del totalitarismo y que ha encontrado aquí un refugio, aunque sin el respaldo claro de un Gobierno que ha preferido contemporizar con sus verdugos. Por alguna razón que nunca se ha explicado, Sánchez y su Ejecutivo han preferido 'hermanarse' con el chavismo y el castrismo cubano. Y cuando los gobiernos democráticos se alinean con las dictaduras, no solo pierden autoridad moral: también sepultan el prestigio internacional del país que representan.