Cumplieron 25 con el cuarto de siglo con la promesa de que, a su edad, tendrían una vivienda digna, un trabajo estable y un proyecto vital más que definido. Por eso, durante toda su vida se ajustaron a las directrices sociales –estudiaron mucho porque era la única garantía, se vieron obligados a escoger muy jóvenes su camino académico y laboral, como si después no pudieran cambiar de rumbo, y fueron enlazando contratos cortos, con unas condiciones precarias– para llegar a una edad adulta en la que se esfuerzan, pero no avanzan. Porque entre el precario mercado laboral, el precio inasumible de la vivienda y una política cada vez más crispada, construir un proyecto vital se ha convertido en un ejercicio de resistencia. Así, aunque se siguen esforzando por alcanzar sus sueños, cada vez reverbera más fuerte una palabra que no entraba en sus planes: la decepción.