Esta noche, millones de hogares en España se preparan para recibir a tres desconocidos mientras duermen, una tradición que, analizada fríamente, resulta casi absurda. Sin embargo, la visita de los Reyes Magos es solo la versión más luminosa y familiar de un fenómeno universal mucho más antiguo: la creencia en visitantes nocturnos que cruzan la frontera entre el mundo exterior y el interior del hogar. Según explica el divulgador Guillermo Díaz, cuando se habla de visitantes nocturnos se hace referencia a “personajes que las distintas culturas han imaginado para explicar o simbolizar algo que ocurre por la noche, generalmente, dentro de nuestras casas, y casi siempre relacionado con los niños”. Melchor, Gaspar y Baltasar son, en nuestra tradición, “nuestros favoritos y los más amables”. La historia sobre cómo los Magos de Oriente se convirtieron en los Reyes que hoy conocemos es fascinante. El Evangelio de Mateo solo menciona a unos “magos de oriente” que, guiados por una estrella, llegaron a Belén para adorar al niño y le ofrecieron oro, incienso y mirra. “No dice que sean tres, ni que sean reyes ni sus nombres, todo llega después”, aclara Díaz. Con el tiempo, la Iglesia y la imaginación popular les otorgaron sus nombres, coronas y orígenes, representando las tres edades del hombre y los tres continentes conocidos en la antigüedad. El salto clave se produce cuando su figura se vincula al mundo de los niños. La lógica es sencilla: si llevaron regalos al niño Jesús, es porque les gusta llevar regalos a los niños buenos. Así, un relato de hace 2.000 años se transforma en un rito que “cruza millones de puertas y, simbólicamente, entra en el corazón de cada familia”, generando una enorme ilusión. Pero los Reyes Magos no están solos en el panteón de visitantes benévolos. San Nicolás, un obispo del siglo IV conocido por su generosidad, es el precursor de muchos de ellos. Una de sus historias más famosas cuenta cómo ayudó a una familia pobre dejando bolsas de oro en secreto por la noche, un relato que ya contiene elementos clave como la noche, la ayuda anónima y los regalos. Con los siglos, su figura se mezcló con el folclore local, especialmente en el norte de Europa, y se convirtió en el origen de Papá Noel. En Italia, la protagonista es la Befana, una anciana que la noche de Reyes se cuela por la chimenea para dejar caramelos a los niños buenos y carbón a los malos. En otras tradiciones, es el propio niño Jesús quien entra en las casas. Todas estas figuras comparten un patrón: “figuras ligadas a la caridad, a la santidad o al propio Jesús convertidas en personajes que visitan el hogar de noche”, enseñando que la bondad tiene recompensa. Así como la tradición ha creado figuras para premiar la bondad, también ha ideado sus contrapartes para infundir disciplina. “Si hay una figura que trae regalos, otra tiene que traer sustos”, señala Díaz. En Centroeuropa, junto a San Nicolás, aparece el Krampus, una criatura con cuernos y cadenas que, según el cuento, azota a los niños malos o se los lleva en un saco. Estos seres actúan como una especie de “asistentes pedagógicos” que los padres “subcontratan” para recordar a los niños sus deberes. En la tradición española, estas figuras son más difusas pero igualmente eficaces: el Coco, el hombre del saco o el sacamantecas. Aunque no tienen fecha en el calendario, funcionan como amenazas latentes: “Si no duermes, vendrá el Coco”. Díaz apunta que, aunque su uso ha disminuido para “evitar traumas”, han estado muy presentes en la mentalidad de generaciones pasadas. El folclore europeo también recoge historias sobre seres que se acercan a las cunas. El mito de los ‘changelings’ o niños cambiados es particularmente revelador. Se contaba que criaturas como hadas o espíritus podían llevarse a un bebé sano y dejar en su lugar a uno enfermizo, que lloraba mucho o con alguna discapacidad. Era una forma dura de explicar lo que no se entendía, como enfermedades congénitas o problemas de desarrollo en una época sin conocimientos médicos avanzados. Otro visitante célebre, y mucho más amable, es el ratón Pérez. Su origen es una “genialidad pedagógica” para ayudar a los niños a superar el miedo de perder sus dientes. Fue el padre jesuita Luis Coloma quien, a petición de la reina María Cristina para su hijo Alfonso XIII, adaptó un cuento francés y creó la historia del ratoncito que deja una moneda o un regalo a cambio del diente caído. Una historia que tuvo un éxito rotundo y cuyo legado puede visitarse hoy en el museo del ratón Pérez en Madrid. Finalmente, el catálogo incluye a los visitantes más oscuros. El vampiro es, por definición, un ser nocturno que, en muchas versiones del mito, no puede entrar en una casa si no es invitado. Esta regla convierte la puerta del hogar en una fortaleza moral y simbólica. Otros seres como los espíritus, las ánimas o los fantasmas también operan en la noche, el terreno del más allá. Uno de los seres más inquietantes es la pesadilla, que según la tradición es una criatura que se sienta en el pecho del durmiente. Esta figura es la explicación mitológica a la parálisis del sueño, ese estado en el que “estás despierto pero no te puedes mover, quieres gritar y no puedes”, describe Díaz. La opresión la causa la pesadilla. Todos estos relatos, desde los más luminosos a los más aterradores, nos hablan de la importancia simbólica del hogar. La casa es el espacio íntimo y vulnerable donde una familia se relaja sin corazas. La idea de que alguien pueda cruzar esa frontera en la noche “toca un nervio muy profundo”, según Díaz. Estos visitantes convierten conceptos abstractos como el bien, el mal, el castigo o el paso del tiempo en alguien que cruza la puerta, un relato transmitido de generación en generación que mantiene viva la magia y el misterio.