Trump sienta a Maduro ante un juzgado federal y entrega el Palacio de Miraflores a Delcy Rodríguez

Ante la atenta mirada del mundo, postrado y callado ante la invasión militar de Estados Unidos en Venezuela, Donald Trump apenas ha necesitado 48 horas para culminar su descabezamiento del régimen venezolano y reordenar el mercado del petróleo -y su devenida influencia geopolítica-. El presidente que prometió a su electorado no abrir guerras y esforzarse en cerrarlas, llegando a postularse no irónicamente como auténtico merecedor del Nobel de la paz, zarandeó en la madrugada del sábado sus compromisos de campaña con una operación militar que acabó con la detención de Nicolás Maduro, la vulneración evidente del derecho internacional -desde la Convención de Ginebra hasta el artículo 2.4 de la Carta de Naciones Unidas-, el asesinato de al menos 40 personas -tanto civiles como militares- y la exigencia de un acceso total e integral a la zona de mando del gobierno venezolano (y de su mercado energético). La persona escogida para facilitar sus deseos bajo un gobierno de amenazada interinidad es Delcy Rodríguez, mano derecha del propio Maduro. De esta forma, y para desasosiego de quienes celebraron el triunfo de la 'Operación Resolución Absoluta' como sinónimo de fin del chavismo en Venezuela, Trump se asegura una estructura de poder a pleno rendimiento y sin cuitas internas hasta que sea necesario. ¿Con qué fin? Su primera aparición pública tras el éxito de la misión militar, preparada de forma milimétrica desde meses atrás pese a no contar con el aval del congreso norteamericano, lo dejó claro: petróleo, petróleo y petróleo. Una máxima camuflada entre mensajes al pueblo venezolano, al que prometió democratizar, y a la Administración para el Control de Drogas (DEA), órgano encargado de servir un pretexto -el de la lucha contra el narco- a un golpe militar con el que la Administración Trump profundiza en su nueva Estrategia de Seguridad Nacional -publicada por la Casa Blanca el 4 de diciembre y conocida como "Corolario Trump"-, un regreso a la Doctrina Monroe en el Hemisferio Occidental y a las reglas internacionales basadas en el uso de la fuerza. Los ejemplos son claros: desde su ataque a Irán del pasado 22 de junio -Operación Martillo de Medianoche- hasta la destrucción de 34 botes y el asesinato de 110 personas bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico. Una ley del terror, impuesta en el Caribe, el Pacífico y Oriente Medio, que es contrapuesta por la Casa Blanca con su papel de mediación en conflictos como el de Israel y Palestina -donde se alfombró su discurso en la inoperante convención de paz de Sharm el Sheikh (Egipto)- o el de Rusia y Ucrania, donde Trump juega un papel de celestina a dos bandas entre promesas a Kiev y pragmatismo a través del teléfono rojo. Victorias morales que le permiten continuar con una ofensiva de intereses espurios que parece lejos de detenerse. El fin de la diplomacia, o la recién creada diplomacia moderna, supone un ataque frontal al multilateralismo y dar rienda suelta a futuras operaciones militares en un mundo dominado por las grandes...