Durante buena parte del siglo XX, arrojar residuos industriales y radiactivos al océano no era un escándalo: era política oficial. Miles de barriles metálicos fueron lanzados deliberadamente a las profundidades del Pacífico con la idea de que el mar lo diluiría todo. Más de medio siglo después, la tecnología por fin permite mirar de cerca ese cementerio submarino. Y lo que está apareciendo no tranquiliza.