Bajo la mirada inmóvil de los Guerreros de Terracota, una cámara de piedra descansa en silencio. Dentro, un ataúd de 16 toneladas, rumores de mercurio líquido y trampas mortales han convertido la tumba del primer emperador chino en un lugar que nadie se atreve a profanar. Quizá porque hay secretos que prefieren seguir dormidos.