La transición posible

La brillante operación que ha puesto entre rejas al dictador Nicolás Maduro ha suscitado un buen número de críticas, asumiendo forma jurídica bastantes de ellas. Diversos especialistas en Derecho Internacional y muchos legos en la materia la han denunciado como ilegal y los argumentos en este sentido son fuertes. Una acción semejante solo podría considerarse plenamente legal si se tratara de un verdadero acto de legítima defensa o si hubiera venido avalada por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, y ninguna de esas condiciones se cumplen aquí. Pese a ello, algunas de esas acusaciones resultan profundamente hipócritas, al provenir de quienes no han mostrado idénticos escrúpulos ante otros casos de injerencia militar contrarios a la legalidad internacional (Turquía en Siria, Rusia en Ucrania, etcétera) o han ignorado sistemáticamente los innumerables crímenes cometidos por el régimen bolivariano, a fin de blanquearlo. Más consistentes son las críticas a la lógica que ha inspirado el último golpe de efecto de Trump, abiertamente expuesta en su nueva Estrategia de Seguridad Nacional: volver a tratar a los países latinoamericanos como el 'patio trasero' de Estados Unidos. Por lo demás, la fuerza era la única vía que quedaba disponible para precipitar el fin de la dictadura chavista, tras haber intentado todas las demás opciones perfectamente legales. De ahí la alegría con que la mayoría de los venezolanos ha acogido la detención de Maduro, pese a que la comparecencia del presidente Trump tras la captura de Maduro enfriase los ánimos. Evidentemente, la actual Administración estadounidense no actúa movida por ningún idealismo democrático. Para Trump lo decisivo no es la naturaleza del régimen venezolano, sino su alineamiento geopolítico y la neutralización de influencias rivales. Pero esto no excluye necesariamente un interés práctico en promover una transición real. Así que, por primera vez en décadas, la transición soñada es posible, aunque no esté garantizada. El cumplimiento de ese sueño requerirá realismo, prudencia, disposición al compromiso, avances verificables y mucha paciencia. No debe olvidarse que el régimen bolivariano no se configuró como una tiranía unipersonal, sino como una dictadura institucional e ideológica (distinción entre dos tipos de autocracias latinoamericanas propuesta por Mario Vargas Llosa). Por eso la labor iniciada por un personaje carismático como Chávez pudo ser continuada con un mamarracho como Maduro, y por eso el desmontaje del chavismo no está asegurado con la desaparición del mamarracho. Para materializarse, la transición deberá articularse como un juego a tres bandas entre Estados Unidos, los dirigentes y militares chavistas y la oposición democrática venezolana. Solo una presión continuada desde Washington podrá evitar que los dirigentes chavistas preserven el sistema. A la vez, sin la colaboración decidida de los líderes chavistas y los jefes militares, que mantienen el control sobre territorios, infraestructuras, medios logísticos y Fuerzas Armadas, el país podría deslizarse hacia el caos de una violencia alentada por facciones militares, fuerzas irregulares y colectivos chavistas y grupos criminales. Ni siquiera una ocupación masiva del país por fuerzas estadounidenses evitaría esa deriva, como no la evitó en Irak en 2003 . Junto al objetivo de exprimir todo tipo de concesiones a un régimen débil agotado y desorientado, esa es la razón por la que Estados Unidos no entregará sin más el poder a la fuerza política que ganó las últimas elecciones ni se apresurará a exigir unas nuevas elecciones. Aunque, por supuesto, sin la incorporación de la oposición democrática no habrá transición, pues solo ella cuenta con el respaldo mayoritario del pueblo venezolano y tiene como objetivo incondicional la restauración de un régimen de libertades.