El gran espejismo económico: España crece a un ritmo récord pero los ciudadanos no lo notan

La economía española atraviesa un momento de notable fortaleza, según reflejan los principales indicadores. El Gobierno celebra un crecimiento que supera las previsiones, las exportaciones baten récords y el turismo recupera su vigor. Sin embargo, esta bonanza, visible en los informes técnicos y las cifras oficiales, no parece traducirse en una mejora palpable para el bolsillo de los ciudadanos. Esta desconexión entre la estadística y la vida cotidiana genera una creciente sensación de extrañeza y frustración en la sociedad, que se pregunta por qué no percibe los beneficios de un país que, en palabras del Ejecutivo, "va como un cohete". Para analizar esta paradoja, el profesor de macroeconomía de la Universidad Abat Oliba CEU, Edgar Nolla, desgrana las claves de por qué el crecimiento no siempre es sinónimo de bienestar. El principal indicador utilizado para medir la salud de una economía es el Producto Interior Bruto (PIB), pero, según Nolla, este ofrece una visión limitada. "El PIB es una panorámica de una ciudad que nos muestra su tamaño, pero no nos dice cómo están sus calles, si están limpias o si la gente vive bien", explica el profesor. El crecimiento actual puede estar concentrado en sectores muy concretos como la energía, el turismo o la tecnología, o bien puede estar traduciéndose en un aumento de los beneficios empresariales sin que esto repercuta en los salarios reales de los trabajadores. Por ello, muchos economistas están poniendo el foco en otros indicadores que miden de forma más precisa la calidad de vida. Indicadores como la renta mediana, la desigualdad social, el acceso a la vivienda o incluso la salud mental se revelan como herramientas más eficaces para evaluar la situación real de la población. Como sentencia Nolla, se está produciendo un cambio de paradigma en el debate económico: "El progreso no es producir más, sino vivir mejor". Este enfoque busca humanizar la economía y entender que si las cifras no se traducen en vidas más tranquilas, con más oportunidades y menos angustia, el sistema está fallando en su objetivo fundamental. Uno de los factores que más ha contribuido a esta brecha es la inflación. Edgar Nolla lo describe con una metáfora clara: "Es como si subes por una escalera mecánica que va en dirección contraria". Aunque los salarios nominales puedan aumentar, el incremento constante de los precios anula ese efecto, reduciendo el poder adquisitivo de las familias. Esta realidad se hace evidente en gestos cotidianos como llenar la cesta de la compra, pagar el alquiler o repostar el coche. La sensación generalizada es que, a pesar de que la economía crece, el dinero rinde cada vez menos, generando una situación de estancamiento o incluso de retroceso para muchos hogares. Esta disonancia entre el discurso oficial y la experiencia personal tiene consecuencias que van más allá de lo económico, adentrándose en el terreno político. Se está generando, en palabras del experto, un "divorcio entre la economía y la política". Los ciudadanos no votan en función de los datos del PIB, sino de su propia vivencia. Cuando la narrativa política optimista choca con las dificultades del día a día, crece la desafección y se abona el terreno para el voto de protesta, el voto antisistema o el voto puramente emocional, como reacción a una realidad que no se corresponde con las cifras exhibidas por el Gobierno. Para que la prosperidad macroeconómica llegue finalmente a la ciudadanía, Nolla apunta a la necesidad de implementar políticas públicas activas. Entre las medidas propuestas se encuentran una revisión fiscal selectiva, el desarrollo de políticas de vivienda realistas, ayudas directas para afrontar los costes energéticos y alimentarios, y la creación de incentivos a la productividad. Asimismo, subraya la importancia de atraer sectores económicos de alto valor añadido que impulsen la estabilidad laboral y la calidad del empleo. El objetivo es que el crecimiento no solo se refleje en el PIB, sino también en el poder adquisitivo y el bienestar de las personas. Junto a las políticas materiales, el profesor destaca un factor intangible pero fundamental: la confianza. "La confianza es el motor invisible de la economía", afirma. Si las familias y las empresas no tienen seguridad en el futuro, el consumo y la inversión se resienten, por muy positivos que sean los datos. La falta de confianza puede generar un círculo vicioso en el que la precaución de los ciudadanos, que gastan menos ante la incertidumbre, acabe frenando la propia economía. Por ello, construir una narrativa económica que genere tranquilidad y certidumbre es tan importante como las medidas mismas. En definitiva, la lección que extrae Edgar Nolla es que la economía debe ser una herramienta para el bienestar ciudadano y no un fin en sí misma. Las buenas cifras importan, pero la verdadera medida de la salud de un país reside en la calidad de vida de su gente y en su capacidad para mirar al futuro con optimismo y sin angustia. Si los datos macroeconómicos no se alinean con esa realidad, demuestran ser un indicador incompleto y, en última instancia, engañoso. La prosperidad, o es compartida, o no es tal.