De la climatofobia también se sale

Mi propósito del año nuevo consiste en dejar de mirar la previsión del tiempo. A lo mejor me tengo que volver a descargar las aplicaciones de redes sociales que eliminé hace doce meses, cuando mi primer propósito del año nuevo fue dejar de desperdiciar horas y horas observando vídeos de limpieza de alfombras o recetas de magdalenas. Ahora el teléfono resulta tan aburrido que voy una y otra vez al icono que muestra la previsión del clima, mejor eso que consultar la cuenta corriente online, y vivo una especie de estrés ambiental. Mañana, fatal, y el fin de semana pasado por agua. Tendré que poner la lavadora hoy sin falta. Vamos al cine el sábado que hará malo. Ponte el chubasquero aunque hace sol, que pone que diluvia. De la borrasca a la ola de calor, y vuelta. Qué tiempos aquellos en que una se levantaba de la cama y pensaba: "¡Ostras! ¡Está lloviendo!" O en el mejor de los casos: "¡Oh! ¡Ha nevado!" Ahora no puede haber sorpresa, pues cualquier meteoro con algo de personalidad llega precedido de toneladas de información y ansiedad colectiva. Me pregunto si llegaremos a poner nombre no solo a los huracanes y las tormentas, sino a los días buenos que ya no abundan: prepárense, que llega Luis Miguel, una jornada estable, con sol y una suave brisa. Basta de tanto escrutinio. Se acabó consultar el tiempo cada hora, no es sano.