Repensar la OTAN para salvarla

La OTAN vive una de sus crisis más profundas desde su fundación en 1949. A diferencia de su diseño original, contra el poder soviético, la amenaza hoy no viene del este, sino de dentro. Tras décadas de seguridad garantizada por Washington, Europa se enfrenta a la pregunta que nunca creyó tener que hacerse: ¿qué ocurre si la alianza que nos protege deja de ser confiable? La reciente ofensiva de Donald Trump sobre Groenlandia –un territorio autónomo del Reino de Dinamarca, miembro de la OTAN– plantea esa cuestión en términos dramáticos. Trump ha afirmado que «EE.UU. necesita Groenlandia por motivos de seguridad nacional» y ha dejado claro que la opción militar «siempre está sobre la mesa» para el control de la isla estratégica. Los líderes europeos, incluidos Francia, Reino Unido y Alemania, han rechazado de plano cualquier intento de anexión y han recordado que solo Dinamarca y Groenlandia pueden decidir sobre su futuro, reafirmando la soberanía territorial en el Ártico. La evaluación de seguridad danesa ha incluido por primera vez a EE.UU. entre las posibles amenazas a la integridad territorial de la isla. Tras su éxito militar en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, Trump ha proyectado su política exterior bajo el paradigma de 'America First'. Esto no es un eslogan: se ha convertido en doctrina estratégica de una Administración republicana dispuesta a sustituir la comunidad de valores por intereses de mercado, minerales estratégicos y control territorial. Europa, que todavía cree que EE.UU. volvería a las playas de Normandía si hiciera falta, debe asumir que ese contrato tácito ya no existe. La crisis de Groenlandia es un test de estrés impuesto al vínculo atlántico. Por vez primera desde 1949, los aliados debaten qué sucedería si uno de ellos decide invadir a otro o si el más fuerte impone sus intereses. La declaración de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, es clara: «Si un miembro de la OTAN ataca a otro, todo se acaba: la OTAN, el orden internacional, la legalidad». En este sentido, Europa enfrenta tres retos fundamentales. El primero es político: debemos comprender que las reglas de la relación con EE.UU. han cambiado. Ya no se puede asumir que la asistencia estadounidense es un bien garantizado si los intereses de Washington divergen de los nuestros. El segundo reto es estratégico: necesitamos construir una autonomía de defensa creíble que complemente a EE.UU. y no dependa de él. El tercero es doctrinal: Europa debe definir qué entiende por alianza en un mundo multipolar donde grandes potencias como China y Rusia observan atentamente cada quiebra occidental. Si Europa logra redefinir la OTAN sobre la base de la reciprocidad, el respeto mutuo y las obligaciones compartidas –no subordinación estratégica–, la alianza podría sobrevivir y adaptarse. Esto exigiría una mayor inversión conjunta en defensa, estructuras de mando más equilibradas y claras garantías de respeto a la soberanía de todos los miembros. Pero si el atlantismo muere, Europa deberá enfrentarse al mundo únicamente con sus capacidades , que no son pocas. Es cierto que la historia de la seguridad europea está marcada por la influencia de potencias externas. Hoy, sin embargo, el continente debe aprender que la protección no puede comprarse por defecto, ni puede depositarse en la buena voluntad de otros. El momento histórico exige reflexionar si la OTAN se salva, se rehace o simplemente se transforma en otra cosa. Europa no puede permitirse ignorar esta discusión.