El fantasma de la expansión territorial estadounidense ha vuelto a sobrevolar el Atlántico Norte, desatando una tormenta diplomática que pone a prueba la cohesión de la UE y la solidez de la OTAN. Tras años de especulaciones, la administración de Donald Trump ha elevado el tono sobre su intención de tomar el control de Groenlandia, un vasto territorio autónomo bajo soberanía danesa. La respuesta del Viejo Continente, sin embargo, se mueve hoy entre dos aguas: la firmeza estratégica de París y la prudencia pragmática de Berlín.