Las buenas personas

Nadie entendió cómo en 1901, una simple caja de madera pudiera atrapar el tiempo. Transcurrido más de un siglo, resulta paradójico que una parte de la sociedad no comprenda la hazaña. Todo vale con tal de evidenciar que algo tan lejano suponga una mínima red de certidumbre para el desprevenido, incluso ignorar la mirada del hombre asombrado que contempla la sonrisa de esos niños felices frente al objetivo. Visto así, para muchos es mejor el sol que el mediodía , el atardecer a la luna llena, la armonía velada al resplandor, etc. De todos modos, faltos de una mano tranquilizadora a la que agarrarnos, de no ser la mano que sostiene nuestros pasos, nadie se apoyará en las ceremonias del ayer reproducidas con tanto ahínco en el presente, pero el presente lo maneja quien enturbia las riendas del porvenir más allá del mañana. Por si acaso, cito un verso escrito por Mario Benedetti en su poema Curriculum: El cuento es muy sencillo … Según avanzamos, la alegría empieza a tener la forma variada de una tristeza llena de incertidumbre y esto mismo suscribo. Si la muerte se apaga con la fuerza precintada en los ojos, la vida abandona la instantánea que la mece y así sucedió el día que cerró los ojos el revolucionario tranquilo, el hombre que jamás creyó en los legados, el héroe de lo que muchos somos, anti héroes, un pensador solitario que nunca tuvo nada y lo que llegó a tener se lo labró en silencio para compartirlo con los demás. Cuando falleció José Mújica, murió el hombre que hasta el último sorbo de la vida calzó alpargatas y había habitado en una cabaña a las afueras de Montevideo para despuntar en el mundo por su honradez y austeridad. El hombre que una vez confesó que los pobres no son los que tienen poco, sino los que quieren mucho , quien no confundió las costumbres estivales con la razón de ser de otras estaciones, fueran en el hemisferio que fueran, el luchador para que la luz se aposentase lejos de la sombra de quienes organizan trombas maliciosas en un universo paralelo que detestamos muchos ciudadanos. Dijo adiós una buena persona, sin metáforas, sin palabras, sin anuncios, un día cualquiera amaneció y la luz de sus ojos veló todos los sueños de un hombre lleno de bondad, un hombre dolido, apaleado y arremetido por una dictadura estrepitosa, capaz de confesar pocos días antes del último estertor: « La muerte es quizás lo que da valor a la vida. Es una lucha que siempre perderemos, pero la enfrentamos con amor». Y como todo va a velocidad de vértigo, pocos meses después, también se va el histórico referente de la izquierda latinoamericana, y con él, se nos lleva el viento a otra esfera donde disfrutará de su propia esencia y, nosotros, los que supimos de su generosidad, no tendremos más remedio que ir muriendo poco a poco , contemplados por la resurrección de sus ideas y la sensibilidad de haber sido un verdadero ejemplo dentro de la simpleza de saber que dentro de las cosas bellas existe la causa inconmensurable de la solidaridad, porque hay una verdadera causa para vivir, y él, lejos de muchos predicadores falsos, las tuvo todas. Ahora nos queda lo que nos deja. Un modelo para soñar que algún día el mundo será un paraíso por el que caminar en paz, y aunque no se viva de recuerdos, sino de porvenir, él será un ejemplo irrepetible para cualquier comportamiento amarrado al sentimiento. Después de todo, las personas buenas, como la curiosidad tímida y el asombro retratado en la mirada de los niños en 1901, absorben la instantánea del celuloide, un enfoque breve que la magia inmortaliza, un testimonio parecido al nacimiento de un individuo que superó al personaje y formará parte de la memoria visual de un mundo que, mucho me temo, tiene bastantes cosas que corregir para estar dentro de lo que deben ser los motivos de su existencia y no las corrige. Y cito de nuevo a Mario Benedetti : «Usted aprende/ y usa lo aprendido/ para volverse lentamente sabio/ para saber que al fin el mundo es esto/ en su mejor momento una nostalgia/ en su peor momento un desamparo/ y siempre siempre/ un lío/ entonces/ usted muere». Así pues, cada cosa nace a su tiempo y en su tiempo aquella caja de 1901, nos sigue retratando en silencio y el bonísimo de José Mújica tendrá muchos retratos en el mundo dónde se haya ido. El cuento es muy sencillo.