Nos quitan el Catalino

Los Reyes Magos nos han traído el cierre del quiosco Catalino. ¿Tan mal nos hemos portado los toledanos? Desde que abrió sus puertas en 1946, la famosa churrería ha sido el lugar favorito para desayunar antes de irse a trabajar, para encontrarse con los amigos o para la primera cita de muchas parejas. Pero a nuestros políticos nunca les ha importado demasiado el patrimonio de lo que se ha llamado cultura popular, ese que siempre tiene un hueco importante en el corazón de los ciudadanos y que se compone de olores inolvidables, de sabores entrañables y de sabrosas tertulias delante de un chocolate con porras. La fama de esta churrería, que tantos desayunos memorables ha servido a los turistas, traspasa las fronteras de Toledo y aun de España, hasta el punto de que para National Geographic , el Kiosko Catalino sirve uno de los mejores chocolates con churros del país. «Puede pasar desapercibido para el ojo inexperto –escribe el inspirado redactor de esta prestigiosa revista-, pero algo serio se cuece –o se fríe, mejor dicho- en el Kiosko Catalino, con unos churros finos, muy crujientes, de gran delicadeza y con la grasa justa que piden una y otra vez una inmersión en el chocolate caliente». Al escribir la necrológica de este emblemático establecimiento (necrológica porque, aunque finalmente lo trasladen al fondo invisible del parque, nunca volverá a ser el mismo), me acuerdo de otro local muy popular que desapareció de las vidas de los toledanos sin que nadie hiciese nada por remediarlo. Hablo de El Español, inaugurado en 1909 en Zocodover , esquina con la calle del Comercio, un café que fue escenario de la película Tristana (1969), de Luis Buñuel, y por el que ha pasado buena parte de la intrahistoria toledana del siglo XX, hasta que en 1982 se clausuró para instalar en él una insulsa oficina de la Caja Rural. Todavía recuerdo su puerta giratoria (la primera que vieron mis ojos de niño), las columnas de hierro fundido y los techos pintados por José y Enrique Vera. Estos locales «de toda la vida» carecen de protección y no gozan de una declaración como BIC en España, aunque en algunas comunidades, como la de Aragón, pueden ser protegidos individualmente por su valor histórico y etnográfico. Si protegemos los inmuebles declarados Bien de Interés Cultural, ¿por qué no proteger aquello que es nuestro, de los ciudadanos, como el Catalino, pues forma parte de la historia viva de una ciudad como espacio de ocio y socialización? Tan nuestro, tan de los toledanos, que es inseparable de su entorno, junto a la puerta de Bisagra. Ya existió una iniciativa, con poco éxito, promovida por la Plataforma Juntos por la Hostelería, la campaña SonPatrimonio2020, para declarar estos establecimientos hosteleros singulares o históricos Patrimonio de la Humanidad; protección que, de haberse conseguido, impediría el desplazamiento o remoción de los mismos. No necesitamos entradas imperiales donde hacer fastuosos espectáculos de luz y sonido , ni norias panorámicas, ni teleféricos para cruzar el Valle, ni manzanas enteras del casco histórico convertidas en hoteles y apartamentos turísticos. Necesitábamos el Catalino exactamente en el lugar en el que ha estado siempre. ¿Realmente era una prioridad la remodelación de la Vega? Hubiera bastado con rearbolar el parque e incluso con eliminar los aparcamientos en línea delante del mismo, retomando el viejo proyecto de recibir a los visitantes de la ciudad con dos hileras de estatuas de reyes godos. Podemos pasar sin muchos políticos y sus asesores; podemos prescindir de concejalías y consejerías enteras, pero no de establecimientos que han marcado una época en Toledo como el Kiosko Catalino. Todos somos contingentes, pero el Catalino es necesario. De la orfandad que nos deja el cierre de este local, patrimonio cultural de los toledanos, deja constancia el cartel escrito por algún cliente y colgado estos días en la fachada del quiosco: «La Vega se muere sin José y Aquilino del Kiosko Catalino. Churros legendarios, Churros históricos. Sabores extraordinarios. Momentos únicos». Como la estación del AVE, al Catalino se lo llevan al Polígono . Los intentos de establecerse temporalmente en el parque del Crucero mientras durasen las obras han fracasado (al parecer, los informes de la policía local advertían sobre los problemas de tráfico que podría provocar). Esperemos que, dentro de seis meses, cuando acaben las obras del parque de la Vega, el Catalino sea uno de los cuatro quioscos que se contemplan en el proyecto de remodelación. Pero ya nunca será lo mismo . El otro día, a uno de los clientes del grupo de amigos de la tercera edad (cariñosamente algunos lo conocemos como la cátedra de Sánchez Mejías) que invariablemente todos los días, a las 7 de la mañana, se reunían en torno a unos cafés y unos churros, se le saltaban las lágrimas . Se les estaba sustrayendo, como a todos los toledanos, una parte importante de sus vidas.