Las grandes urbes europeas ya funcionan sobre esa especie de “segunda piel” digital. Desde los teléfonos en el metro de París hasta los pagos instantáneos en Barcelona o las videollamadas en plena calle en Londres. Pero no solo están conectadas las personas: también lo están las farolas, los semáforos, las cámaras de tráfico, los autobuses, los contenedores de basura e incluso los bancos públicos.