Pertenezco a una generación -en retirada y un tanto mermada ya- que al haber pasado su niñez y adolescencia en tiempos de la llamada «guerra fría» se acostumbró a vivir con la angustia de la guerra nuclear: una amenaza permanente, fruto del «equilibrio del terror» entre USA y la Unión Soviética, metida en el cuerpo. Siendo un adolescente, pero bastante ocupado ya en pensar en las cosas del mundo, fue tomando forma en mi mente cierta admiración hacia los Estados Unidos motivada por dos actitudes que se apartaban de todas las «lecciones de la historia» y parecían cargadas de un insólito sentido moral. Primero había acudido en defensa de Europa en la II Guerra y luego, tras haber resultado victorioso en ella, no había aprovechado el monopolio del poder nuclear que durante años tuvo en el mundo para imponer su dominio absoluto, ayudando en cambio a construir un orden en el que, pese a su hegemonía, no faltaban ciertas aspiraciones de justicia. Creo que esa misma conciencia daba cierto orgullo a muchos norteamericanos, pero, la verdad, no se si quedan rescoldos.