Mientras Donald Trump se propone reescribir la gramática del poder para el siglo XXI, España entra en un largo ciclo electoral del que se sabe cuándo empezó –el pasado mes de diciembre en Extremadura –, pero no exactamente cuándo terminará. Podría ser en las autonómicas de mayo de 2027 o incluso después, si Pedro Sánchez logra evitar el adelanto de las generales. Esto nunca puede asegurarse, porque las fuerzas en acción son múltiples, discordantes y a menudo opuestas. Sabemos lo que sabemos y poco más. Que el PIB crece impulsado por el estímulo de la inmigración y por los esteroides del dinero fácil, y que este incremento favorece el relato de éxito de nuestro presidente. Sabemos que la corrupción acorrala al gobierno y que la financiación apunta hacia el corazón del Partido Socialista; pero no ignoramos que el presidente resistirá en la Moncloa mientras los partidos que le dan apoyo parlamentario sigan creyendo que les resulta más conveniente mantenerlo que sentenciarlo. Se trata de una lógica del poder oculta bajo una multiplicidad de máscaras, más o menos nobles, más o menos confesables. Sabemos que hay fuertes tendencias en marcha, desplazamientos del voto que benefician a determinados partidos por encima de los demás, y que esto también tiene consecuencias en la toma de decisiones. Lo que unos pierden lo ganan otros y no hay mucho más.