El emotivo testimonio de una emigrante canaria retornada de Venezuela: “Ruego para que puedan reconstruir el país con honestidad y no haya hambre”

La reciente operación militar de Estados Unidos que ha culminado con la captura de Nicolás Maduro ha generado una ola de reacciones en la comunidad internacional, especialmente entre la comunidad hispana. Pero detrás del gran titular, subyacen miles de historias personales que dan la verdadera dimensión a la noticia. Una de ellas es la de Carmen Rosa Montañez, una emigrante canaria que fue testigo directo de la época dorada de Venezuela y de su posterior hundimiento bajo el régimen Chavista, en esta ocasión, ya desde Tenerife. Su testimonio, recogido en los micrófonos de Herrera en COPE Tenerife, es el de una de las muchas familias canarias que cruzaron el Atlántico buscando un futuro mejor, contribuyeron a la prosperidad del país caribeño y, finalmente, tuvieron que regresar ante la espiral de inseguridad y decadencia. Carmen Rosa, originaria de La Palma, emigró por primera vez a Venezuela en 1955. Vivió allí en dos etapas distintas antes de su regreso definitivo para instalarse en Tenerife en 1978. Recuerda con la voz entrecortada por la emoción un país que nada tiene que ver con la imagen actual. “Siempre que uno tiene un buen recuerdo de un país, se le entrecorta la voz, porque somos muy sensibles a lo que está ocurriendo”, confiesa. Esa sensibilidad nace de haber conocido una Venezuela de oportunidades, donde el trabajo y la honestidad eran la llave del progreso. En aquella Venezuela, su familia prosperó notablemente. Su padre comenzó trabajando en fincas de caña de azúcar, un sector pujante que empleaba a una gran cantidad de venezolanos. Más tarde, junto a su marido, fundó una empresa mayorista con una amplia red de vendedores que operaba en varios estados del país. “Si había una persona con valor y honestidad, se le abrían las puertas”, explica Carmen Rosa para describir el ambiente de la época. Eran años de bonanza económica y de crecimiento personal y familiar. Una época que ella resume con nostalgia y cariño. Sin embargo, incluso en aquellos años de esplendor, la semilla de la inseguridad ya había comenzado a germinar. Ser un empresario al que le iba bien significaba exponerse a graves peligros. “Te exponías mucho a un secuestro o algo malo para un familiar”, recuerda. La corrupción también empezaba a mostrar su peor cara, con episodios como el robo de camiones llenos de mercancía en los que, a menudo, existía la sospecha de complicidad interna. Fue precisamente esa creciente inseguridad lo que empujó a su familia a tomar la difícil decisión de regresar a Canarias en 1978, dejando atrás el negocio que tanto esfuerzo les había costado levantar. Décadas después, en una visita que realizó en 2008, Carmen Rosa se encontró con una realidad desoladora que confirmaba que su decisión de volver fue la correcta. La Venezuela que había dejado atrás ya no existía; el Chavismo la había transformado en un lugar dominado por la angustia. “Vi que había que vivir con mucho guardaespaldas, con muchas precauciones”, relata. El miedo se había apoderado de la vida cotidiana hasta extremos impensables. “Descubrí, en aquel momento, en qué se había convertido este país, en una tierra de temor y angustia”, lamenta. Una simple avería en la carretera, como el pinchazo de una rueda en la autopista, "se había convertido en una situación de pánico". Esa atmósfera de temor es la que ha obligado a millones de venezolanos a abandonar su tierra, una realidad que Carmen Rosa conoce de primera mano a través de los familiares que aún le quedan en el país y de la infinidad de compatriotas que ha conocido en Canarias. “Viven con muchas precauciones por la seguridad personal”, asegura. Ha visto cómo muchos padres han huido para “salvar a sus niños de aquello”, para no educarlos en un entorno de inseguridad constante. El acceso a bienes básicos como una medicina se ha convertido en un desafío diario, y el simple hecho de salir a la calle está marcado por el temor. Ante la noticia de la detención de Maduro, la reacción de Carmen Rosa no es de euforia, sino de esperanza contenida. Su deseo, y el de su familia, no es de revancha, sino de paz y reconstrucción. “Nunca le vamos a desear el mal a ninguna persona que haya estado dentro de ese gobierno, simplemente que haya orden y respeto, y que allí no se pase por el hambre o por las necesidades de tener que irse”, afirma. Esa es la verdadera esperanza: que se pueda restaurar el país para bien. Ella reza por ello, encomendándose a la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela. Carmen Rosa no sabe si aquellos tiempos de prosperidad económica volverán, pero confía en que se pueda sentar las bases de un nuevo comienzo. Un futuro donde, como en una familia bien fundamentada, se eduque “en la honradez y en los buenos valores”. Su mayor anhelo es que el país resurja sobre esos pilares para que la gente tenga la certeza de que puede vivir en paz. “Ruego para que puedan reconstruir en valores y con honestidad, para que ese país vuelva a resurgir”, concluye. Una reconstrucción que permitiría a la diáspora, a los millones que como ella se vieron forzados a irse, poder por fin volver a casa.