Gijón ha iniciado la cuenta atrás para retirar todo el amianto de sus edificaciones antes del 1 de enero de 2028. El Ayuntamiento ha comenzado por la elaboración de un censo que ha inspeccionado más de 34.000 inmuebles, con el fin de establecer las prioridades para la sustitución de este material tóxico, muy popular en la construcción durante décadas. La peligrosidad de este material ha sido analizada en el programa Mediodía COPE en Gijón por Marta Rodríguez, profesora de la Universidad de Oviedo, especialista en Medicina del Trabajo y profesional del Servicio de Prevención de Riesgos Laborales. La experta explica que el principal peligro del amianto reside en su volatilidad. "Al tocarlo, lo haces volátil, que es el verdadero peligro", advierte. El amianto está compuesto por minerales fibrosos que, al ser inhalados, pueden llegar a los bronquios y los pulmones, así como a las pleuras. Estas fibras provocan enfermedades como la fibrosis, que acorta la esperanza de vida, e incluso cáncer, tal y como está reconocido en el Real Decreto de Enfermedades Profesionales. Aunque su imagen más común es la de los tejados, el amianto se encuentra en muchos otros ámbitos, como en los frenos de los coches. Rodríguez señala que su retirada está muy legislada y protocolizada, lo que debe aportar seguridad. "Lo que nos tiene que dar es el conocimiento, nunca miedo; sino, al contrario, seguridad", afirma la profesora. La normativa, recogida en el Real Decreto 396/2006, exige a las empresas inscritas en un registro específico la creación de un plan de trabajo. Además, el material es considerado un residuo peligroso, por lo que su transporte y seguimiento están estrictamente controlados por la autoridad laboral competente. En España, el uso de amianto en la construcción está prohibido desde el año 2002, por lo que la legislación actual se centra en gestionar el material ya instalado de forma segura. Para ello, la cultura preventiva y la información son indispensables, especialmente en regiones tan industrializadas como Asturias, donde los efectos en la salud han sido visibles en el pasado. Los trabajadores que se encargan de su retirada deben usar equipos de protección individual (EPIs) de tipo 3, con mascarillas, guantes, monos desechables y gafas herméticas. Sin embargo, el verdadero reto está en los diagnósticos tardíos, ya que el amianto tiene un largo periodo de latencia. Según la especialista, la enfermedad puede manifestarse entre 10 y 40 años después de la exposición. "Lo que vemos ahora son vigilancias de estas personas que estaban en contacto con ello", explica, refiriéndose a los controles posocupacionales, que incluyen espirometrías y radiografías para detectar patrones restrictivos en la capacidad pulmonar. Además, el riesgo se multiplica en el caso de las personas fumadoras.