Se acabó

Ya no hay más. Las figuras del Belén se encaminan, no al portal, sino a ser envueltas en papeles de estraza y quedar guardadas en cajas de zapatos. El perenne abeto de hojas eternas se pliega sobre sí mismo con sus pequeñas luces enredadas eternamente hasta el año que viene. El espumillón y colgantes van en bolsas recicladas mil veces. Y de la puerta de casa la pequeña corona de acebo cae como si fuera de otoño… Se acabaron las Fiestas . Las de Navidad , Año Nuevo y Reyes. Se acabó la glotonería impuesta, el comer como si fuera un aquelarre zombi, el gastar lo que no se tiene para pagar lo que no se necesita. Las reuniones masivas o las cenas en soledad. Que ambas cosas ocurren en estas fechas tan llenas de buenos propósitos como de hechos que los contradicen. Se acabó el simulacro de paz y armonía, el intento de ilusión creyéndote que aún eres un niño que crees en los magos, y pensar de vez en apenas nada, en la razón original por la que hemos estado de presunta holganza. Los que pudieron, claro. Que para que hayamos disfrutado tantos otros muchos (a los que seguramente les habrá venido bien «la extra»), se han tirado más horas de las que debieran llevando, trayendo, vendiendo, envolviendo y llevando de nuevo, paquetes de todo tamaño y condición. O en fogones, manteles y limpieza para que nuestros pequeños o grandes lujos estuvieran a la altura de lo que pagamos. Venga a pagar. Como si no hubiera un mañana, una hipoteca o una cuenta de ahorro. Que las hay, o de lo último, debiera de haberla. Volveremos a los «ya nos veremos» ; «hasta otro año, familia» ; « a ver si quedamos más…». Ay, los «a ver si…», qué crueles acaban siendo. Ya no compartiremos con los de la ofi deseos de hacernos todos ricos, que por eso compra uno el décimo, porque no les toque a ellos y me quede yo fuera. No haremos más comidas de hermandad en las que todo se permite y olvida. Todo está volviendo poco a poco a la normalidad. Como una gran n oche de San Juan de varias semanas en que pensar que todo va a cambiar para quedarse igual. Iremos estos días al trabajo con calcetines nuevos (¿por qué esa inveterada costumbre de regalar calcetines en Reyes Magos ?), algún jersey de moda, una pashmina o bufanda de mezcla, y palmoteos a unos y otras como si viniéramos de Troya recién llegados a Ítaca. En estos días me da por pensar en que nunca deberíamos perder la mirada de niño para no tener que acabar en la de las mil yardas. En que es absurdo darse al inevitable recuerdo, porque el agua sigue fluyendo. Panta rei! Y en saber que, si se quiere, nunca se estará solo. Por muy jodidas que vengan. Ya ven: la razón por la que celebramos estas fiestas es por el nacimiento de un niño que lo tuvo todo y que, aparentemente, iba a morir de la peor manera. Vejado y solo, dejado de todos los que lo seguían. Pues hasta Él no lo iba a estar. Omnia consummatum est! Pero no. No lo es. Es el principio.