La plica tiene vocación de incógnita, pero se despeja como un ente de ficción. Refleja un lejano temblor infantil: el desvelo en la noche de Reyes. Si te pillan… La plica representa una verdad lacrada , un secreto portátil, discreto, una pequeña fórmula escondida que desemboca en un acto de fe. Un diminuto juego de magia, un prestigio de transportación, por ejemplo, para asombrar al público y provocar esa ovación. ¡Oh! Porque la plica se abre y restalla el aplauso, las palmas se juntan, forman un jardín sonoro en el que las manos danzan, imponen su ritmo, a su manera imitan el latido del corazón que mueve los dedos, desde alguna raíz venosa, y produce el tamborileo de un órgano que imaginamos como un bargueño, repleto de cajoncitos y dobles fondos, un músculo que guarda y muele nuestros secretos. Es una representación -la plica-, su lacre es transparente, pero no importa, porque es liturgia de los premios literarios, de los nervios finalistas que se deshacen como nuditos gordianos de juguete con una espadita de madera. La plica es compatible con el secreto a voces en el baño, que se autopercibe narrador sentado sobre un váter y lo cuenta, mientras hay comensales que están en el ajo, como ascensoristas que saben y callan, o periodistas que otorgan, porque queremos creer que los tiempos están cambiando. Brindamos y aplaudimos como si sí, aunque si no... El niño desvelado sabe lo de los Reyes, pero calla; un sacrificio final en aras de la duración. Todavía no. Lacre. Prestigio. Premio. Váter. La navidad de luz en la ciudad de los artistas.