Llegaba uno a la calle Velintonia (a él le gustaba escribirla así, y no Wellingtonia, en curiosa rebelión antiacadémica) a primera hora de la tarde. Vicente recibía casi diariamente en dos sesiones. Una a partir de las tres y media o cuatro y, tras media hora de descanso que aprovechaba para merendar con su hermana, la segunda, que podía convertirse en tertulia con pocos amigos, si hacía buen tiempo, en el jardín trasero de la casa. Era (lo es aún el casi decrépito edificio ) una casita de tres plantas. Vicente y su hermana ocupaban la que estaba a la altura de la calle y, como el desnivel era grande, la cocina y el jardín se hallaban un piso más... Ver Más