¿Por qué los antiguos corsos levantaron fortalezas de piedra en cada colina? Las pistas apuntan a un sistema de poder sin precedentes

Casteddi - El análisis reciente plantea que estas construcciones servían también para organizar el espacio, repartir recursos y concentrar poder local, con una red asentada sobre la geografía del sur de la isla Las alturas no solo marcan límites geográficos: también definen líneas de control y orientación humana. En ellas se ha encontrado siempre la ventaja del horizonte, la posibilidad de ver antes que ser visto. Esa condición explica por qué las montañas han servido históricamente como lugares de vigilancia y defensa . Las sociedades antiguas construyeron en sus cimas fortificaciones o puestos de observación que garantizaban seguridad frente a invasiones o conflictos locales, además de facilitar el control sobre rutas y recursos. En muchos casos, la altura ofrecía una combinación de aislamiento y dominio visual que convertía estos puntos en centros de autoridad. La construcción de fortalezas en lugares elevados implicaba una organización compleja: transporte de materiales, trabajo grupal y planificación estratégica. Con ello se creaban estructuras que no solo protegían, sino que representaban la capacidad de una comunidad para coordinar esfuerzos en condiciones difíciles, y así el paisaje montañoso se transformaba en un instrumento de poder. Los casteddi pasaron de murallas defensivas a asentamientos con varios usos El estudio publicado en IpoTESI di Preistoria analiza precisamente ese fenómeno a través de los casteddi , estructuras fortificadas de la Edad del Bronce en Córcega que han desconcertado a la arqueología durante décadas. La investigación dirigida por Kewin Peche-Quilichini cuestiona la visión tradicional de los casteddi como meras fortalezas militares y propone interpretarlos como asentamientos multifuncionales . Según el trabajo, estas construcciones representaban una forma de organización territorial donde la defensa y la gestión de los recursos formaban parte de una misma lógica de control. Su distribución, con casi un 80% de los sitios concentrados en el sur de la isla , revela además una estructura regional adaptada a la topografía y a las rutas interiores. La torra , elemento característico de muchos casteddi , concentra la clave de su funcionamiento. Estas torres circulares de unos 12 metros de diámetro actuaban como centro operativo de los asentamientos . En su planta inferior se almacenaban y procesaban alimentos; los nichos en los muros servían de despensas, y las rampas internas conectaban con niveles superiores que probablemente se usaban para la vigilancia. Los restos hallados indican que el espacio interior combinaba funciones defensivas y domésticas, lo que muestra un sistema de aprovechamiento integral . Las excavaciones posteriores a 1975 ampliaron el panorama. El hallazgo de asentamientos abiertos, como el de Campu Stefanu , demostró que los casteddi no eran la única forma de ocupación humana en la isla. A partir de esos descubrimientos, los investigadores reconsideraron la interpretación puramente bélica y comenzaron a describirlos como núcleos de producción y almacenamiento. También se identificaron áreas de trabajo, talleres de cerámica y zonas destinadas al sacrificio y conservación de alimentos. La arquitectura reflejó una evolución ligada al control económico y social El conjunto de estas evidencias llevó a una reinterpretación general del fenómeno. Los casteddi dejaron de verse como fortificaciones aisladas para entenderse como centros de poder económico, donde el control del excedente agrícola y ganadero sustentaba la jerarquía social. El estudio sugiere que la presencia de estatuas-menhir y torres simbolizaba el papel de las élites en la redistribución de bienes y en la protección de los territorios circundantes. Su arquitectura refleja esa lógica práctica. Los casteddi se levantaron sobre colinas, crestas y espolones rocosos a unos 280 metros de altitud media. Las murallas, de una, dos o tres caras, se construyeron en piedra seca o con base de barro, y podían alcanzar hasta 6 metros de altura. En algunos casos se usaron empalizadas y fosos, lo que indica una evolución técnica adaptada a la geografía. Las entradas se reforzaban con bastiones y torres laterales que regulaban el acceso y permitían un control visual permanente. Antes de que esta visión se consolidara, el arqueólogo Roger Grosjean había interpretado los casteddi , a mediados del siglo XX, como fortificaciones estrictamente militares. Su hipótesis dominó la arqueología corsa durante décadas, al situar la Edad del Bronce en un contexto de guerras internas y amenazas externas. Tras su muerte, el avance de nuevas técnicas de excavación y análisis de materiales abrió el camino a una lectura más diversa y menos conflictiva del pasado . La historia de los casteddi puede dividirse en cuatro etapas. En el Bronce Antiguo surgieron las primeras defensas, seguidas por una fase de expansión y consolidación en el Bronce Medio. Posteriormente se produjo una reorganización territorial, con abandono de algunos sitios y crecimiento de otros, y finalmente un cambio estructural en el Bronce Final, cuando los pueblos abiertos sustituyeron a las fortificaciones como modelo de hábitat. Esta secuencia muestra que los casteddi no fueron una excepción arquitectónica, sino una respuesta temporal y evolutiva a las necesidades de seguridad y control del territorio .