Durante los meses más duros de la pandemia, el teletrabajo se convirtió en una de aquellas palabras que parecían haber venido para quedarse. De la noche a la mañana, millones de personas demostraron que podían seguir siendo productivas sin pisar una oficina, y muchos territorios vieron en ello una oportunidad inesperada. Menorca fue uno de ellos. La isla reunía todos los ingredientes para jugar un papel protagonista en ese nuevo mapa laboral. Calidad de vida, entorno natural, seguridad, clima, conectividad aceptable y un relato muy atractivo para profesionales cualificados cansados de la gran ciudad. Durante un tiempo, incluso pareció que el discurso se materializaba. Llegaron perfiles nuevos, se habló de nómadas digitales, de estancias largas fuera de temporada y de una desestacionalización distinta, menos dependiente del turismo.