A apenas quince minutos de Sevilla, en Bormujos , sobrevive uno de esos lugares que explican por sí solos una manera de entender la cocina y el tiempo. Bodega Simeón abrió sus puertas hace más de un siglo como bodega tradicional y, aunque en los años noventa amplió su actividad incorporando una carta de comidas, nunca ha dejado de ser lo que fue: un refugio de cocina honesta, fuego lento y platos que reconcilian con lo esencial. La propuesta se apoya en la cocina de siempre, en recetas que miran al frío , en guisos que piden cuchara y en arroces que se preparan como toda la vida. Comer en Simeón es, en cierto modo, volver a una forma de sentarse a la mesa que parecía olvidada. La carta tiene como hilo conductor la tradición. Los arroces son uno de sus grandes reclamos, con elaboraciones que van desde el arroz de perdiz o pato hasta opciones con carrillada, alcachofas, langostinos o chipirones. Platos pensados para compartir, que llegan al centro de la mesa como se ha hecho siempre. Junto a ellos, las migas —con huevo frito o acompañadas de secreto ibérico— y platos contundentes como el alpujarreño, donde conviven migas, chorizo, morcilla, pimientos y huevos. Una cocina sencilla, donde el sabor manda y la contundencia no se disimula. Los guisos ocupan un lugar destacado: espinacas con garbanzos, garbanzos con langostinos, carrillada en salsa, potaje de garbanzos con chorizo, albóndigas de chocos o cola de toro. Recetas que cambian según la temporada y que convierten la visita en una experiencia distinta según el momento del año. La oferta se completa con carnes a la brasa —presa, secreto, entrecot o chuletón—, frituras y clásicos de taberna como croquetas caseras, tortillitas de bacalao, bacalao con tomate, chipirones a la plancha o ensaladillas y tomates aliñados con melva. En verano, aparecen fuera de carta como el aliño de pulpo o el pescado frito, adaptando la cocina al calendario. Para cerrar, postres caseros que siguen la misma lógica: poleás, flan de huevo o arroz con leche. Nada más y nada menos. El espacio es parte fundamental de la experiencia. Bodega Simeón ocupa una antigua bodega que conserva su esencia original, con varios salones, botas de vino a la vista y una antigua prensa de uvas que recuerda su origen. En el interior, la chimenea aporta calidez en los meses fríos; fuera, un patio interior —cubierto cuando el tiempo lo permite— funciona como terraza. Su amplitud lo convierte además en un lugar habitual para celebraciones y comidas en grupo, manteniendo siempre ese aire de casa grande donde todo invita a quedarse. La carta de vinos acompaña sin alardes, con especial protagonismo para el mosto de elaboración propia, un clásico que aquí se sirve como se ha hecho siempre y que encaja a la perfección con la cocina que sale de la cocina. Bodega Simeón no busca sorprender, sino permanecer. Y en un panorama gastronómico cada vez más acelerado, eso la convierte en una parada casi imprescindible para quienes buscan arroces, migas y guisos que saben a verdad.