Recordar a quienes se fueron es fundamental para que la memoria de hechos trágicos no se pierda y para que las generaciones futuras aprendan de la historia. El 9 de enero de 1959, la rotura de la presa de Vega de Tera arrasó Ribadelago, en Zamora, en cuestión de minutos, causando la muerte de 144 vecinos y destruyendo gran parte del pueblo, mientras la mayoría dormía ajena a la tragedia que se avecinaba. El desastre, provocado por deficiencias en la construcción y mantenimiento de la presa junto con las intensas lluvias del invierno de 1958, dejó un impacto imborrable en la comarca y en toda la provincia. La avalancha de agua arrastró casas, calles y cultivos, y muchos de los cuerpos de los vecinos fallecidos fueron encontrados a kilómetros de distancia. La devastación obligó a reconstruir el pueblo en otra ubicación, conocido hoy como Ribadelago Nuevo. Los supervivientes y sus familias han mantenido viva la historia del antiguo Ribadelago, transmitiendo relatos y recuerdos de la catástrofe para que la memoria colectiva no se desvanezca con el tiempo. Cada 9 de enero, vecinos y familiares se reúnen para rendir homenaje a las víctimas con ofrendas florales y actos conmemorativos, recordando la importancia de la solidaridad, la resiliencia y la seguridad en las infraestructuras. En agosto de 2024 se inauguró el Museo de la Memoria de Ribadelago, ubicado en un edificio rehabilitado de Ribadelago Nuevo, como espacio de recuerdo y reflexión sobre la catástrofe. Aunque todavía no está abierto de manera regular durante todo el año, el museo recibe visitantes en fechas conmemorativas y bajo solicitud, y ofrece exposiciones con fotografías, documentos y testimonios de la época. Su propósito es honrar a las víctimas y mantener viva la historia del pueblo, al tiempo que sensibiliza sobre la importancia de la prevención y la seguridad en las presas. El museo es fruto de la colaboración entre la Diputación de Zamora, el Ayuntamiento de Galende y la Asociación “Hijos de Ribadelago”, y se ha convertido en un punto de referencia para vecinos, historiadores y turistas interesados en conocer de cerca la historia de la localidad. Además, sirve como espacio para reflexionar sobre la tragedia y la resiliencia de la comunidad, recordando que la memoria es la mejor forma de honrar a quienes se perdieron. Hoy, más de seis décadas después, Ribadelago sigue siendo un símbolo de dolor, memoria y resistencia. Los actos conmemorativos, sumados a la labor del museo, permiten que la historia del antiguo pueblo y sus habitantes no se olvide, y refuerzan la enseñanza de que recordar a los nuestros es un acto de justicia y humanidad, que ayuda a preservar la memoria colectiva y a evitar que tragedias similares vuelvan a repetirse.