Este año no quise pedir nada a los Reyes Magos de Oriente, precisamente por eso, porque vienen de un lugar tan lejano donde habría otros presentes que repartir y porque, por mucha magia que posean, el poder —malvado y estúpido— no les permite sembrar la paz sobre un suelo castigado por la guerra, la desolación y el exterminio. Para mayor bochorno, intentan taparnos la boca y los ojos con falsas palabras y apariencias fingidas que aceptamos mientras miramos hacia otro lado. Y aun sin querer pedirles nada, hice a sus majestades una modesta insinuación: si debéis anular el viaje hacia Occidente para, usando vuestra extraordinaria magia, repartir armonía y conciliación por el mundo, bienvenida sea vuestra sabia decisión.