De un tiempo a esta parte se viene especulando con la hipótesis de que Unamuno, en la gélida tarde del 31 de diciembre de 1936, y en su casa de la calle Bordadores, no murió por causa de una hemorragia bulbar, como certificó el médico, sino por la acción de una mano homicida. En rigor, el tema no es nuevo. Ya en los días siguientes a su fallecimiento, la prensa republicana difundió la especie de que había sido asesinado por los falangistas; unos hablaron de envenenamiento, otros, de fusilamiento, y hasta hubo quienes en el frenesí de la fantasía llegaron a decir que había sido asesinado de noche por una cuadrilla de falangistas uniformados. No obstante, es lo cierto que, en lo que yo alcanzo a saber, durante décadas la familia nada hizo por saber si efectivamente hubo una muerte violenta, previamente planeada por los rebeldes, como represalia a las palabras reprobatorias de Unamuno contra aquella guerra incivil, pronunciadas en su enfrentamiento con el vehemente e histriónico Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad el 12 de octubre de 1936.