Mi padre veía en silencio las noticias por la televisión sentado en su sillón rojo de escay. Las escuchaba con un rictus de hastío y no tomaba partido ni levantaba la voz para quejarse. Dejaba que las imágenes se sucedieran una tras otra como pasan las nubes cargadas de piedra, con una mezcla de incredulidad y un ubicuo cansancio existencial. Y entonces, de pronto, decía, sentenciaba a modo de balance o de pedagogía: