El dolorde la IA

Mi hermano ha configurado Chatgpt para que le hable como si estuviera en un salón ilustrado. Consecuentemente parece que está hablando con Pierre Choderlos de Laclos. Cris se refiere a él cariñosamente como «Chati». Hay gente que lo trata a patadas, como los malos de las películas que secuestran a un científico y lo tienen amenazado diseñándoles una bomba atómica en el sótano de su guarida. Como la IA consiste en hacer malabarismos con el len-guaje, o sea, palabrear en altísima escala, aporrear fuertemente el tambor; la forma de pedirle las cosas influye en el resultado, y la dulzura en el pedir podría mejorar los resultados o diferenciarlos suficientemente de lo mal pedido. ¿Se pueden plantear, como en el caso animal, ciertos derechos de las inteligencias artificiales? Los animales se consideran ya seres con sintiencia y hasta los más aparentemente limitados tienen -vean la Declaración de Nueva York de 2024- cierta experiencia de la consciencia, sobre todo del dolor, cosa que los humanos comprendemos bien. Por el dolor damos el derecho a no sentirlo, nos obligamos a no causarlo innecesariamente. Pero la IA, ¿siente dolor? El debate es interesante. Me parece más asequible una cuestión ya resuelta: al margen del derecho que se reconoce a otro-persona, animal o IA-, tratar bien a los demás nos mejora y tratarlos mal nos degrada. El fruto del maltrato está podrido y luego hay que comérselo: se recoge lo sembrado. Tratar educadamente a Chatgpt nos aporta el beneficio moral del ejercicio de la virtud. Tratarlo mal no tiene ningún premio, y nos contamina igual que echarle alquitrán a las raíces de un árbol o escupirle a los espejos.