El pasado jueves 18 de diciembre se conoció que el Tribunal Supremo condenaba a Eduardo Inda a indemnizarme con 18.000 euros por el bulo (ampliamente difundido en las televisiones) que fabricó OkDiario en 2016, acusándome de recibir dinero del Gobierno de Venezuela en una cuenta bancaria en Granadinas. El caso adquirió una relevancia notable cuando estalló el conocido como Ferrerasgate , una conversación de los comisarios de policía José Luis Olivera y José Manuel Villarejo con el director de La Sexta, Antonio García Ferreras, con el directivo de Atresmedia Mauricio Casals y con el empresario Adrián de la Joya, en un restaurante de Madrid. La conversación fue publicada el 9 de julio de 2022 por Crónica Libre y en ella Ferreras aseguraba a Villarejo que cuando Eduardo Inda publicó el bulo, le dijo que aquello le parecía un documento poco verosímil (“es muy burdo”, aseguraba Ferreras haberle dicho a Inda). Pese a tener claro que era una noticia falsa Ferreras la difundió en La Sexta, a pocas semanas de unas elecciones generales en las que la mayor parte de las encuestas situaban a Unidos Podemos por delante del PSOE y con posibilidades de liderar el Gobierno de España. Admito que fui el primer sorprendido con la sentencia del Supremo. Estaba completamente seguro de que el Alto Tribunal confirmaría lo que habían señalado tribunales de rango inferior, a saber, que es legítimo o “veraz” dar una información falsa si esta se apoya en fuentes o documentos de supuesto origen policial, aunque estos se revelen también falsos (un día después de que Okdiario publicara el bulo, elDiario.es informaba de que los documentos en los que se apoyaba este eran, efectivamente, falsos). Había consultado a varios jueces amigos (algunos muy bien situados en el escalafón) y todos confirmaban mi pesimismo, tratándose de una casación. ¿He cambiado mi opinión sobre el funcionamiento de las altas magistraturas tras la sentencia? No. Lo del Supremo ha sido una excepción a la regla. Lejos de cuestionarlas, las excepciones confirman las reglas. ¿Tiene sentido entonces partir del Ferrerasgate y del bulo de Granadinas para lo que TintaLibre me pide en este artículo, a saber, comprender lo que fue y lo que es Podemos ? Creo que tiene todo el sentido. Hace poco más de una década se inició un ciclo político que tuvo como protagonistas a Podemos y al independentismo catalán. Aquellas dos irrupciones cambiaron el sistema de partidos y provocaron una crisis política que llega hasta nuestros días, pero no lograron cambiar la correlación de fuerzas en el Estado español. A mi juicio, esa crisis podría concluir muy pronto con una transformación reaccionaria del sistema político y constitucional dirigida no tanto por los partidos de la derecha españolista (PP y Vox), sino por los operadores de la derecha en el Estado y en el poder económico y mediático. Tales operadores no solo cuentan con casi todo el poder en España, sino que se ven impulsados por el ímpetu del espíritu de época trumpista. ¿Es inevitable entonces una transformación derechista del sistema político español dirigida por un próximo Gobierno de PP y Vox y apoyada por los principales operadores del Estado, de los medios de comunicación y de las grandes empresas? Nada es inevitable en política si se acumula el poder suficiente y se combina con cierto talento. Sin embargo, conocer la realidad del poder es la premisa de cualquier estrategia política y, a mi juicio, en este aspecto las derechas españolas no solo cuentan con la ventaja de tener más poder que sus rivales en el Estado, en los medios y en las empresas, sino también con una conciencia política mucho más realista de su proyecto de país y de las reglas del combate político en la época actual. Precisamente por eso no han dejado de odiar a Podemos, a pesar de nuestra aparente debilidad como partido. Podemos representó el desafío más relevante a eso que Manuel Tuñón de Lara llamó bloque de poder español , desde la Segunda República. La derecha no lo olvida. El franquismo, en tanto que resultado de la guerra española, consolidó a ese bloque de poder oligárquico ganador y supo combinar un régimen de terror con los arreglos (en política internacional, en política económica, etc.) que dictaban las necesidades de la oligarquía que dominaba el Estado y la empresa. La emergencia de una nueva clase media española durante el tardofranquismo , pilotado por los tecnócratas del Opus Dei, era el orgullo de las élites del régimen y hoy se sigue reivindicando con gran vitalidad por parte de los abogados defensores de un franquismo que presentan como una fase modernizadora cuyo autoritarismo (expresión que Linz usaba para dulcificar a la dictadura) habría sido una consecuencia inevitable de la polarización del sistema político de la Segunda República y las reivindicaciones de sus partidarios que habrían provocado una guerra inevitable. La narrativa de la derecha sobre nuestra historia contrasta con los relatos progresistas que siguen reivindicando ingenuamente el llamado “espíritu de la Transición”. La mitificada Transición española que sucedió a la muerte del dictador demostró la capacidad de las élites de la dictadura de hacer valer una correlación de fuerzas que les era favorable y enfrentar la propia crisis de su modelo socioeconómico y político con un éxito notable. Las movilizaciones obreras, estudiantiles y vecinales fueron factores que señalaron la crisis política social del franquismo, del mismo modo que Cataluña y el País Vasco se volvieron a revelar como naciones sin Estado, pero con ecosistemas políticos y sociedades civiles propias. Sin embargo, en el sistema político que nació con la Consitución del 78, el Estado español con sus jueces, sus altos funcionarios, sus policías, sus militares y la gran empresa española siguieron en las mismas manos. Incluso la Iglesia española mantuvo un inmenso poder con la llegada de un nuevo sistema político. El régimen del 78 nació como un sistema de democracia liberal perfectamente homologable a los del entorno europeo pero, a diferencia de los sistemas políticos que nacieron de la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, el español buscó su legitimación ignorando el pasado democrático (la Segunda República) y también una guerra civil en la que ganaron los aliados de Hitler y Mussolini. A la emergencia de Podemos en el contexto de la crisis económica y de la crisis de legitimación de nuestro sistema político se unió el desafío independentista catalán que puso patas arriba el sistema autonómico del “café para todos”. La sustitución de Juan Carlos I por Felipe VI demostró la lucidez de unas élites conscientes de la importancia del símbolo monárquico para la articulación del poder oligárquico español que une Estado, empresas y medios. ¿Existían y existen contradicciones en ese bloque? Por supuesto, pero Podemos y el independentismo generaron un miedo que les permitió superarlas. El Ferrerasgate , la persecución judicial y mediática contra Podemos y la acción autónoma del Estado (bien respaldada por el discurso de Felipe VI el 3 de octubre de 2017) contra los independentistas, así como el auge de Ciudadanos primero y Vox después, son todas expresiones de la respuesta reaccionaria a esos dos desafíos. Hoy a esas élites solo les queda dar el último empujón a lo último que queda del impulso morado e indepe que cambió el sistema de partidos: el frágil Gobierno de Pedro Sánchez. En este contexto, ¿qué papel le toca jugar a Podemos? Podemos pudo desaparecer tras las elecciones de 2023, pero el exceso de arrogancia y la torpeza de Yolanda Díaz y sus aliados reabrieron un espacio en el que Podemos sigue siendo el motor ideológico para un proyecto de Estado alternativo. Lo que Podemos señala al respecto de la OTAN, la guerra ruso-ucraniana, la competición geopolítica entre EEUU y China, el papel subordinado de la UE respecto a EEUU, el rol de América Latina como gran espacio cultural y político, el carácter plurinacional de España y la necesidad de aliarse con fuerzas plurinacionales para disputar el Estado, la conciencia de que el feminismo es la mejor vacuna de los jóvenes frente a la ultraderecha o la asunción de lo ideológico-mediático como gran terreno de disputa política, hacen de Podemos un actor ineludible para enfrentar el ciclo reaccionario. Las derechas ya controlan buena parte del Estado, de la empresa y de los medios. Para evitar que controlen también el Consejo de ministros o para enfrentarles si finalmente lo logran, Podemos será ineludible, básicamente porque sigue representando la posibilidad de una dirección de Estado alternativa, republicana y plurinacional. *Pablo Iglesias es politólogo y fue Vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030 del Gobierno de España entre 2020 y 2021. En la actualidad es director de Canal Red.