Acabamos de celebrar la Navidad en un tiempo en el que proclamamos la sostenibilidad como virtud pública, pero practicamos el desperdicio como hábito privado, muchas veces de forma ostensiblemente pública. Se multiplican las luces hasta el exceso, se erigen árboles cada vez más altos como trofeos de vanidad colectiva, se promueven romerías luminosas que congestionan carreteras, aumentan la contaminación del aire e intensifican el consumo de recursos en nombre de una estética efímera. Lo llamamos fiesta, pero muchas veces es solo ruido. Hablamos de ahorro energético y de cuidado de la casa común, mientras iluminamos la incoherencia. La luz, cuando deja de señalar un sentido, deja también de iluminar. Y, no pocas veces, ciega. Tal vez sea necesario volver a apagar las luces para que sea posible volver a ver.