Una expresión repetida hasta la saciedad que tiene su origen en la Edad Media La historia detrás del palacio museo que corona Montjuïc en Barcelona que no tiene ni 100 años A poco que uno lea prensa, escuche la radio o simplemente ojee titulares deportivos, la expresión aparece una y otra vez como si fuera un reflejo automático: “la ciudad condal”. El Madrid pierde en la ciudad condal. Abre una tienda en la ciudad condal. Llega un macroevento a la ciudad condal. Se repite tanto que ha terminado por convertirse en una muletilla asumida, integrada en el lenguaje cotidiano sin mayor cuestionamiento. El problema —si es que hay alguno— es que no todo el mundo sabe de dónde viene. Y no es extraño. Barcelona es hoy una ciudad global, diversa y llena de gente que no nació aquí, ni en Cataluña, ni siquiera en España. Dar por sentado que todo el mundo conoce el origen de ciertas expresiones históricas es, como mínimo, optimista. Por eso conviene pararse un momento y explicarlo bien, sin rodeos y sin romanticismos innecesarios. Porque la razón por la que a Barcelona se la conoce como “ciudad condal” no es simbólica ni literaria. Es literal. Una frontera del Imperio carolingio Para entenderlo hay que retroceder hasta el siglo IX. En ese momento, el norte del actual territorio catalán formaba parte de una franja fronteriza creada por el Imperio carolingio para contener la expansión musulmana procedente de Al-Ándalus. Aquella zona se conoció como la Marca Hispánica , una especie de tierra tampón situada entre el Imperio franco y el Califato de Córdoba . Esta Marca no era un territorio unificado, sino un conjunto de condados gobernados por condes nombrados inicialmente por los monarcas francos. Girona, Osona, Urgell, Barcelona… cada uno tenía su propio conde, pero todos respondían, al menos en origen, a la autoridad carolingia. Y aquí aparece la clave: el centro político y administrativo de ese entramado de condados era Barcelona. No era la ciudad más poblada ni la más rica al principio, pero sí la más estratégica. Desde allí se coordinaba la defensa, la administración y la organización del territorio. Y quien gobernaba Barcelona no era un rey, ni un duque, ni un emperador. Era un conde. Los condes de Barcelona y el peso del apellido Con el paso del tiempo, esos cargos condales dejaron de ser designaciones temporales para convertirse en hereditarios. Es decir, el conde ya no era un funcionario del imperio, sino el jefe real del territorio. Y ahí entra en escena una de las sagas familiares más persistentes —y confusas— de la historia medieval catalana: los Ramón Berenguer. Durante generaciones, el Condado de Barcelona estuvo gobernado por condes llamados, una y otra vez, Ramón Berenguer. Tanto, que incluso hubo momentos en los que los nombres se reciclaron con pequeñas variaciones para evitar el colapso nominal. No es una exageración: hubo hasta cuatro condes consecutivos con ese nombre, lo que ha dado dolores de cabeza a estudiantes de Historia durante siglos. El más decisivo de todos fue Ramón Berenguer IV . No tanto por lo que hizo en Barcelona, sino por con quién se casó. Ramón Berenguer IV contrajo matrimonio con Petronila de Aragón , heredera del Reino de Aragón. Aquella unión no fue una historia de amor cortesano, sino una jugada política de primer nivel. Gracias a ese matrimonio, los condados catalanes y el Reino de Aragón quedaron vinculados dinásticamente, dando lugar a una nueva entidad política: la Corona de Aragón . Barcelona, que ya era el centro de los condados, pasó a convertirse en una de las ciudades clave de una potencia mediterránea en expansión. Pero —y esto es importante— nunca dejó de arrastrar su origen institucional: la ciudad había sido gobernada por condes durante siglos. De ahí el apelativo. Un nombre que sobrevivió mil años Lo verdaderamente curioso no es el origen del término, sino su persistencia. Han pasado casi mil años desde que Barcelona dejó de ser, estrictamente, una ciudad gobernada por condes. Ha sido capital de un principado, ciudad clave de una corona, núcleo industrial, capital autonómica y metrópolis global. Y, aun así, el sobrenombre ha sobrevivido. Quizá porque suena solemne. Quizá porque conecta con una idea de pasado medieval que sigue funcionando como marca identitaria. O quizá, simplemente, porque el lenguaje es perezoso y tiende a repetir fórmulas sin preguntarse demasiado por ellas. Sea como sea, cuando alguien vuelva a hablar de “la ciudad condal”, conviene saber que no es una metáfora vacía ni una floritura periodística. Es historia pura. Y bastante concreta.