"Estados Unidos volverá a considerarse a sí misma una nación en expansión, que aumenta nuestra riqueza, expande nuestro territorio, construye nuestras ciudades, levanta nuestras expectativas y lleva nuestra bandera a nuevos y hermosos horizontes". Las señales estaban escritas en la pared desde el principio, por más que pocos quisieran tomarse en serio sus palabras, una constante desde que Donald Trump entrara en política hace ahora una década. Pero aquella frase, pronunciada durante su segunda toma de posesión en el Capitolio, ha resultado ser más que premonitoria. La descarnada intervención de Estados Unidos en Venezuela, con la captura a punta de pistola de su presidente y la intención manifiesta de "dirigir" a partir de ahora el país caribeño y apoderarse de su petróleo, marca un momento sísmico para las relaciones internacionales. Con Trump retrocede el reloj de la historia. Una nueva era imperial asoma en el horizonte. Como antes hizo Vladímir Putin en su vecindario, Washington vuelve a reclamar a cañonazos su esfera de influencia.