El obispo emérito de Córdoba, Demetrio Fernández, ha protagonizado en TRECE una nueva temporada de 'Eméritos' en la que ha repasado su trayectoria vital y espiritual. Desde el Seminario Mayor San Pelagio de la capital cordobesa, asegura vivir su etapa de emérito con serenidad, gratitud y una intensa actividad pastoral “descargada de agenda”. Además, Fernández subraya el valor evangelizador del patrimonio eclesial. “Es la condensación de la fe de tantos siglos y hoy sigue siendo expresión viva de la fe de un pueblo, que no solo se expresa con palabras y celebraciones, sino también con monumentos e imágenes”, afirma, destacando especialmente la riqueza andaluza como una oportunidad pastoral de primer orden. Tras su renuncia por edad, el teléfono suena menos, pero la actividad continúa. “Estoy ocupado todos los días, en cosas que yo mismo me programo o que me vienen dadas. La diferencia es que ahora me siento ligero de equipaje y ligero en la agenda”, explica. En este nuevo tiempo, el obispo emérito ha expresado su deseo de volver a lo esencial del ministerio sacerdotal. “A mí me ha gustado toda la vida ser cura, párroco de parroquia, de contacto directo con la gente”, reconoce. De hecho, una de sus prioridades es sentarse en el confesionario, convencido de que el sacramento de la Penitencia sigue teniendo plena vigencia. “Donde hay cura que confiesa, hay penitente que se acerca. Si el sacerdote se sienta, la cola es interminable”. Demetrio Fernández recuerda una vocación despertada en la infancia, en el seno de una familia cristiana sencilla y trabajadora. “Dios me llamó muy pronto, en la niñez, y he cumplido ya cincuenta años de sacerdote”, apunta. Reconoce la figura decisiva de su padre y, especialmente, del párroco de su pueblo, que le acompañó desde los siete años y le introdujo en la vida litúrgica y espiritual. “Pasar de no ser nada a ser monaguillo me pareció el mayor ascenso de mi vida”, rememora, agradecido por una infancia “feliz”, marcada por la Eucaristía diaria. “Puedo decir que he comulgado desde el día de mi Primera Comunión hasta hoy. Es un don de Dios”. La familia ha sido también espacio de fe y entrega. Su hermana Teresa, religiosa misionera, fue un apoyo fundamental en su vida espiritual. “Hemos sido hermanos en la vocación, compartiendo alegrías y dificultades”, confiesa, reconociendo que su fallecimiento ha sido una de las pérdidas más sentidas de su vida. Ordenado sacerdote en 1974 por el cardenal Marcelo González, el hoy obispo emérito de Córdoba ensalza a quienes marcaron su ministerio. “Haber amanecido sacerdote con un obispo de este calibre fue un regalo”, afirma. También evoca una grave enfermedad sufrida a los 33 años, que le llevó a prepararse para la muerte. “Lo viví intensamente con Jesucristo y me ha marcado para toda la vida”. En cuanto a su cercanía a los santos, subraya que es constante. “Los santos son mis amigos”, dice, mencionando a Juan Pablo II, Teresa de Calcuta, José María García Lahiguera o San Juan de Ávila, este último Doctor de la Iglesia y figura central en su etapa cordobesa. “He caído en la diócesis de San Juan de Ávila y ha sido providencial”, afirma, destacando el impulso dado a su difusión internacional. Tras cinco años en Tarazona, Demetrio Fernández llegó a Córdoba con sesenta años y se entregó por completo a una diócesis que conoce “de arriba abajo”. “Cuanto más la he conocido, más la he querido”, asegura, destacando la riqueza del presbiterio joven, el laicado comprometido y el mundo cofrade. “Las cofradías no son solo folclore; hay una expresión profunda de fe que lleva a un compromiso serio de caridad y evangelización”. Ante el reto de la secularización, Fernández insiste en una evangelización basada en el testimonio. “No es proselitismo, es atracción. Primero el testimonio y luego explicar por qué vivimos así”. Y concluye sin miedo a la muerte: “Estoy contento de mi vida. Nuestra esperanza es Jesucristo, que ha vencido a la muerte”.