Hay pocas experiencias cinematográficas comparables a ver una obra maestra en una sala de cine. Pantalla grande, oscuridad total y una atención imposible de replicar en casa. Por eso los reestrenos deberían ser algo habitual, especialmente cuando hablamos de películas que han marcado generaciones enteras. Y si hay un caso en el que esta afirmación se vuelve incuestionable, ese es el del Studio Ghibli.