El acoso escolar se alimenta de la inacción y sobrevive acomodado en el silencio. Como miembros del tejido social en el que se produce este fenómeno, todos convivimos con él, de una u otra manera, y todos debemos asumir nuestra responsabilidad a la hora de romper esta pasividad y promover actuaciones para combatir un drama que conlleva un sufrimiento intenso . Para ello debemos ahondar en los cimientos de un proceso complejo que extiende sus raíces y nos compromete, ya seamos políticos, educadoras, maestros, madres, estudiantes o, simplemente, ciudadanos. Con cierta frecuencia trasciende algún suceso de acoso escolar que, por su extrema crueldad o por las dramáticas consecuencias que conlleva, resuena en los medios y nos estremece. Recientemente, el caso de Sandra, una adolescente sevillana que acabó con su vida, ha vuelto a hacer saltar las alarmas. Es entonces cuando surgen las preguntas: ¿cómo castigar a los agresores?, ¿cómo ayudar a una víctima de 'bullying'?, ¿cuál es la responsabilidad del centro escolar y cómo debe responder? El problema es que estos interrogantes, inevitables, se quedan en la superficie y no tienen una respuesta sencilla que genere actuaciones de fondo. A lo sumo, se articulan una serie de medidas para investigar, esclarecer los hechos, depurar responsabilidades e, incluso, acometer sanciones. Necesario, sí, pero ¿suficiente? Con seguridad, no, pues si pretendemos eliminar o al menos reducir las situaciones de acoso escolar hay que intervenir desde la raíz de esta pandemia social que afecta a toda la sociedad en su conjunto. Desde las administraciones educativas se ha acertado al implantar nuevos protocolos de detección e intervención ante el 'bullying', de manera que, tras el más mínimo indicio, se activa un plan de actuación en el centro escolar. Quedan, sin embargo, más diluidas las medidas para promover un modelo de convivencia restaurativa, actuando con el objetivo explícito de asentar un clima socioemocional basado en el respeto a la diversidad, la cooperación frente a la competencia y en el sentido de pertenencia igualitaria a un grupo frente a los vínculos de poder y dominación. Necesitamos evolucionar hacia un modelo en el que tenga más peso la prevención, donde tomemos conciencia de que todos tenemos una responsabilidad al aceptar valores de convivencia tóxicos que perjudican a nuestros niños y adolescentes. En nada ayudan los modelos que encontramos en las redes sociales, en algunos programas televisivos, en el intercambio dialéctico de la vida política, en el deporte de alta competición, en la publicidad, etcétera. Si no intervenimos sistemáticamente para mejorar nuestras formas de comunicación y afrontamiento en todas las esferas de la vida, los valores compatibles con un modelo de convivencia social más constructivo que reclamamos a nuestros adolescentes no pueden ser más que una quimera. Hay que apostar por la idea de que el prestigio social debe obtenerse a través de comportamientos prosociales y empáticos, más que a través de la descalificación o la humillación al otro; debemos abogar por programas donde se aprecie la diversidad como una aportación y una posibilidad de crecimiento. La educación emocional debe impregnar de manera permanente la actividad de los centros educativos a través de una estructura estable en la que se enseñe a identificar emociones, a gestionar la frustración, a resolver conflictos y a pedir ayuda. Estas habilidades son, al fin y al cabo, la base de la convivencia y de una adecuada salud socioemocional. Es esencial, por otro lado, resaltar la importancia del alumnado en su papel de testigos responsables del clima de convivencia porque siempre que alguien acosa a otro, hay un tercero que observa y calla. Transformar a estos observadores en aliados activos es una de las vías más eficaces para reducir el acoso. La apuesta por un modelo que siga este planteamiento no puede quedar en palabras y buenas intenciones. Es necesario que se legisle en esta línea, que se programen planes de formación en centros escolares, que se fomenten campañas para sensibilizar a las familias, que se eduque digitalmente y se controle el acceso a las redes sociales, que se asignen profesionales especializados en institutos y colegios, que se ofrezcan recursos de ocio, talleres... El acoso escolar, en definitiva, es un fenómeno sobre el que hay que intervenir desde la prevención en distintos planos sociale s, y en el que todos tenemos cierta dosis de responsabilidad y mucho que aportar. Tal vez la clave esté en añadir, a los interrogantes planteados al inicio de este artículo, los más importantes de todos ellos: ¿qué hemos hecho como sociedad –y qué hemos dejado de hacer– para que esto haya ocurrido?, ¿qué estamos dispuestos a cambiar para que no siga ocurriendo?