Ultramarinos

Hay un minimarket en mi barrio, le llamaré tienda de coloniales, regentado por una familia venezolana (“regentar” es un verbo muy gilipollas, pero se usa tópicamente). Que yo sepa, son tres generaciones: padres, una hija y una niña de unos diez años -o siete, de esto no entiendo-, muy guapa, que cuando no tiene cole se oculta entre los expositores de patatas y cheetos mirando el móvil y me la encuentro mientras busco el pan de molde entre la broma, el sustillo o la sorpresa. Y una sonrisa de luz. Les pregunté al volver de vacaciones navideñas. Al volver de no estar, como siempre se vuelve. Les felicité por vernos en un nuevo año, pregunté por preguntar, pero con intención, buena intención… su familia, la gente de allá…, se comunican o no. Esperanza, miedo, inquietud, pérdida, regreso… La hija, también madre, me dijo con una sonrisa mediana: “no me dejan opinar” (se refería a sus mayores, supongo), “pero a ti sí te lo digo” (estábamos solos en la tienda en una hora perdida de la tarde): “Es raro. Mi familia está bien. Quedan pocos allá. Los demás llevamos aquí en España más de siete años. Mi padre está triste. Mi madre no dice nada”. Todo es extraño. Y parece que ha llegado un ladrón a casa. A una casa estropeada. Fácil de asaltar. Una casa cansada, posiblemente. Esto así no me lo dijo. Lo leí en sus ojos. Son mis vecinos. Les compro el pan y, a veces, un vino... ... las cosas imprescindibles.