Las conversaciones entre Delcy Rodríguez y Víctor de Aldama alargan aún más la sombra que cubre la relación y la connivencia entre el Gobierno y sus mediadores con el chavismo y apuntan a una diplomacia privada de España con la dictadura de Caracas. El núcleo de la sospecha se centra en una charla intervenida por la Guardia Civil en la que el empresario, comisionista y acusado en el caso Mascarillas junto a José Luis Ábalos contextualiza la reunión del Gobierno con Leopoldo López. Aldama, que hablaba en nombre de Ábalos –entonces un ministro del Gobierno de Sánchez–, tranquilizaba a la vicepresidenta venezolana sobre la relación entre el Ejecutivo y el opositor, y le aclaraba que la reunión del presidente del Gobierno se había producido en Ferraz y no en La Moncloa, como así fue: el 27 de octubre de 2020, Pedro Sánchez se reunió con Leopoldo López en la sede socialista, evitando así escenificar un encuentro oficial que pudiera molestar al chavismo. Aldama aquietaba los enfados en el seno del clan de Maduro en nombre de un ministro del Gobierno de España e informaba al chavismo de lo que sucedía con quien era entonces su mayor enemigo político. Aldama, un personaje del que ha renegado públicamente La Moncloa y que, según el Ejecutivo, les resultaba desconocido, ejercía en estas conversaciones como agente gubernamental y bisagra entre los dos países, a través de un cruce de mensajes muy reveladores, tanto de su papel como del sanchismo y sus misiones oficiosas. También ilustra sobre el verdadero espíritu autoritario de Delcy Rodríguez como azote de la oposición en su régimen. La actual vicepresidenta, a quien desde algunos ámbitos se pretende presentar ahora como reformista, mostraba claramente su desprecio por la oposición democrática de su país en términos que eran, como lo son ahora, inaceptables y en nada democráticos. Aldama es el último testigo directo y protagonista de las relaciones opacas que el Gobierno ha mantenido con el chavismo durante estos años, al margen de las propias de la actuación puramente diplomática y en defensa de los intereses del Estado. La gran pieza del puzle, aún por completar, es la de José Luis Rodríguez Zapatero, que ha funcionado como enviado entre España y Venezuela en una niebla de intereses que poco a poco se va disipando. Su presunta participación en el rescate de la aerolínea Plus Ultra, actualmente en investigación, y con varios detenidos, y su misión como blanqueador del régimen y silenciador de sus tropelías contra los represaliados ponen cada vez más en entredicho su figura en este ámbito. Cabe recordar cómo Zapatero participó , en una operación labrada en la Embajada de Caracas –suelo español–, en la salida del país del presidente electo Edmundo González. Esta misma semana han surgido testimonios de familiares de presos que admiten que el expresidente español habría tratado de silenciar sus voces contra la dictadura. Es de esperar que la intervención de Estados Unidos y la detención de Nicolás Maduro arrojen la luz necesaria en este ámbito, en el que se mezclan intereses económicos y personales, además de los partidistas, propios de las coaliciones de Pedro Sánchez con la izquierda más radical y bolivariana. El Gobierno socialista ha mantenido una diplomacia del todo oscura con el régimen de Nicolás Maduro, en la que agentes oficiosos parecen haber servido a todos los intereses salvo al más necesario y urgente: la lucha por la democracia.