Con la llegada del frío intenso y las bajas temperaturas, la calefacción se convierte en la gran protagonista del consumo doméstico. Muchas familias buscan fórmulas para reducir la factura sin renunciar al confort, pensando a menudo en soluciones complejas y costosas como mejorar el aislamiento. Sin embargo, la clave para un ahorro significativo podría ser mucho más sencilla y estar al alcance de todos. Antes de llamar a un técnico o de acometer grandes reformas, existe una comprobación fundamental que todo usuario puede realizar en su propia caldera. Se trata de un detalle que suele pasarse por alto, pero que tiene un impacto directo tanto en la eficiencia del sistema como en el importe final de la factura: la presión del agua en el circuito de calefacción. Un ajuste correcto es sinónimo de un funcionamiento óptimo y de un menor gasto. La mayoría de las calderas domésticas operan correctamente dentro de un rango de presión muy concreto. Con el sistema en frío (es decir, apagado desde hace horas), el indicador del manómetro —el reloj que mide la presión— debe situarse, por lo general, entre 1 y 1,5 bares. De hecho, según apuntan algunos fabricantes y servicios técnicos, "el punto dulce en frío se sitúa en torno a 1,2 bar". Este valor es crucial para que el equipo arranque y trabaje de manera eficiente desde el primer momento. Una vez que se enciende la calefacción y el agua del circuito interior se calienta, es completamente normal que la presión aumente por la expansión del líquido, situándose habitualmente en un valor de entre 1,5 y 2 bares. Si la presión cae por debajo de lo recomendado, la caldera puede funcionar de forma irregular o, en el peor de los casos, apagarse como medida de seguridad, dejando la vivienda fría y sin servicio. La parte práctica es muy sencilla. El primer paso es localizar el manómetro en la caldera. Si el valor que marca está por debajo de 1 bar, es necesario actuar. Para solucionarlo, la mayoría de calderas "permiten reponerla mediante la llave de llenado", una pequeña válvula cuya ubicación y manejo conviene consultar en el manual de usuario del aparato para realizar la operación con seguridad. Si, por el contrario, la presión es demasiado alta (especialmente si se aproxima a los 3 bares con el sistema en frío), hay que actuar con prudencia. En este escenario, lo más sensato es llamar a un técnico cualificado. Una presión que sube sola con frecuencia o una válvula de seguridad que gotea son señales inequívocas de que se necesita ayuda profesional para evitar averías mayores. Existen varios síntomas comunes que deberían alertarnos de la necesidad de revisar el manómetro. El más evidente es notar que los radiadores tardan mucho en calentarse o se quedan tibios aunque la caldera lleve un buen rato funcionando. Esta es una señal clásica de falta de presión en el circuito, que impide que el agua caliente se distribuya de forma homogénea. Otros indicadores claros son un agua caliente sanitaria menos estable, con cambios bruscos de temperatura, o que la caldera realice ciclos cortos y frecuentes de encendido y apagado. Además, si recientemente se han purgado los radiadores para eliminar el aire acumulado, es imprescindible revisar la presión después, ya que este proceso suele provocar una bajada de la misma que debe corregirse para garantizar el buen funcionamiento del sistema.