En ese territorio incierto en el que todos hemos sucumbido, la figura de Vincent van Gogh (1853-1890) emerge como un espejo incómodo, pero profundamente humano. El pintor neerlandés no escribió nunca una lista de propósitos de año nuevo. Pero en sus cartas a su hermano Theo (1857-1891), especialmente en las fechadas entre los últimos meses de 1888 y los primeros de 1889, dejó algo más valioso que un catálogo de buenas intenciones: cinceló una actitud vital frente a la dificultad. Sus palabras no nacen del optimismo ingenuo, sino de la experiencia directa del dolor, la enfermedad y la soledad. Precisamente por eso siguen interpelándonos hoy en día.