Sevilla debe a Aníbal González un homenaje perpetuo semejante al legado que dejó en la ciudad, sacándole de su urbanismo provinciano. Aníbal proyectó la Exposición del 29 e impulsó el regionalismo, ese estilo arquitectónico que denostaron los presuntos modernos y al que también debemos un desagravio, como el que cada día realizan los miles de visitantes de la Plaza de España. Aprovechemos este aniversario para impulsar ese reconocimiento. Y que el museo proyectado en el Pabellón Real sea sólo un primer paso para redimirnos de nuestra baja autoestima, nuestra indolencia y ese complejo de inferioridad que ha impedido llevar el nombre del arquitecto de Sevilla a la gloria que, por ejemplo, le supo dar Barcelona a Gaudí.