A este tema le tenía muchas ganas; me reservo el derecho a retomarlo el diciembre que viene —si no me han dado la cuenta por faltoso—. A puerta gayola (con perdón): acaban de pasar las navidades, unas fiestas que no me gustan, y uno de los motivos principales es porque está bañada de ese mejunje pastoso llamado nostalgia. He conocido casos de personas muy empeñadas en reproducir, en su edad más que adulta, no solo aficiones, sino rutinas o hábitos de su yo preadolescente, el que nunca quisieron abandonar. Es tal el empeño en estas personitas de que todo sea como antes, y su dedicación a ello, que algún caso que otro acaba apalancado en la misma casa donde pasaron la infancia, y sustentados por las mismas personas: sus pobres padres. Es por eso que soy tan radical al afirmar que, para mí, la nostalgia en exceso (no demasiado exceso) es, entiéndaseme el símil, una forma de limitación.