Todo sigue igual –la frustración, el cansancio, una casa inhabitable–, pero ya ha pasado un año y ahora lo que permanece es el desgaste. Oskar Lasheras, vecino del portal número 28 de la calle Concejo de Zabalegui de Noáin –donde ocurrió la primera explosión– lleva desde aquel 13 de enero sin dormir y con la casa a cuestas en los asientos de su coche para que Enzo, su hijo de nueve años, no sufra las consecuencias de un trauma emocional que él ya llevará consigo de por vida. Su cocina fue lo primero en explotar y, como resultado, las ventanas quedaron mal selladas; los alféizares, despegados; los techos, agrietados; restos de humedad por toda la casa y un bloqueo emocional que persiste. “No quiero imaginarme el día en el que todo termine y tenga que asumir lo que ha pasado”, reconoce.