La Helicobacter pylori es una vieja conocida de la medicina, aunque para millones de personas sigue siendo una gran desconocida. Vive en el estómago de casi la mitad de la población mundial y, en la mayoría de los casos, lo hace sin dar síntomas. Sin embargo, cuando decide manifestarse puede provocar gastritis, úlceras e incluso cáncer gástrico. Su capacidad para pasar desapercibida y resistir tratamientos la convierte en una bacteria especialmente complicada. La Helicobacter pylori se contagia con facilidad. “Se transmite muy fácil a través de la saliva, vómitos, etcétera”, explica el doctor Iñaki Comas, investigador del CSIC en el Instituto de Biomedicina de Valencia. Esto hace que el contagio sea frecuente entre familiares, especialmente durante la infancia, cuando los hábitos de higiene y el contacto estrecho favorecen la transmisión. El problema es que muchas personas se infectan y conviven con la bacteria durante años sin saberlo. “En un porcentaje muy alto de casos convivimos con ella y no nos enteramos”, señala el experto. Sin embargo, en determinadas circunstancias, esa convivencia se rompe y aparecen los problemas. No todas las infecciones evolucionan igual. Según Comas, el riesgo depende de varios factores. “Hay cepas de la bacteria que son más virulentas y tienen factores genéticos que las hacen más agresivas”, explica. A eso se suman factores propios de la persona, como la genética o el estado del sistema inmunitario, y hábitos que aumentan el riesgo, como el tabaquismo. Cuando estos elementos coinciden, la bacteria puede causar lesiones en el estómago y derivar en enfermedades más graves. De ahí la importancia de detectarla y tratarla de forma eficaz. Uno de los mayores retos actuales es que uno de cada cuatro tratamientos para erradicar la Helicobacter pylori no funciona. El motivo principal es la resistencia a los antibióticos. “Es una bacteria especialmente difícil, porque no crece bien en el laboratorio y cuesta saber a qué antibióticos es resistente”, explica Comas. Además, los tratamientos suelen ser largos, de unos 12 días, con muchas pastillas y varios fármacos a la vez. Esto complica que los pacientes completen bien la terapia y aumenta las posibilidades de fracaso. La buena noticia llega desde la investigación española. Un equipo liderado por el doctor Comas ha desarrollado un método para analizar el ADN de la bacteria antes de tratarla. “Leer el ADN nos permite saber si es resistente a determinados antibióticos y elegir el tratamiento más adecuado desde el principio”, señala. Este enfoque supone pasar de “probar suerte” con los antibióticos a un tratamiento de precisión, adaptado a cada infección. “Si sabemos cuál es la mejor combinación de fármacos antes de empezar, podemos mejorar mucho los resultados”, añade el investigador. Este avance no solo es relevante para la Helicobacter pylori. “Es la dirección hacia la que vamos en muchas infecciones”, afirma Comas. Analizar el ADN de las bacterias para conocer sus resistencias permitirá combatir mejor uno de los grandes problemas de la salud actual: la resistencia a los antibióticos. Mientras tanto, el mensaje es claro: la Helicobacter pylori es común, se contagia con facilidad en el entorno familiar y, aunque muchas veces es silenciosa, conviene tomársela en serio. La ciencia empieza a dar herramientas para vencerla con mayor eficacia y menos a ciegas.