Rafael Yuste, neurobiólogo: "Antes de lo que pensamos veremos en Amazon dispositivos para llamar a un Uber mentalmente; hay gente que ha pedido un capuchino sin abrir la boca"

La neurología vive uno de los momentos más apasionantes —y también más delicados— de su historia. Por primera vez, la ciencia empieza a comprender cómo se generan los pensamientos, las palabras que no pronunciamos y las decisiones que tomamos en silencio. Lo que hasta hace poco parecía ciencia ficción hoy se estudia en laboratorios punteros y empieza a asomarse al mercado tecnológico. En este nuevo escenario, ya no hablamos solo de curar enfermedades, sino de interactuar con máquinas usando la mente. Pedir un café, escribir un mensaje o llamar a un coche sin mover un dedo empieza a ser técnicamente posible. Y, como advierten los expertos, ese futuro está mucho más cerca de lo que imaginamos. El neurocientífico español Rafael Yuste, profesor en la Universidad de Columbia y uno de los mayores expertos mundiales en neurotecnología, lanza una advertencia tan clara como impactante en una entrevista en Fin de Semana de COPE: “Antes de lo que pensamos veremos en Amazon dispositivos para llamar a un Uber mentalmente; hay gente que ha pedido un capuchino sin abrir la boca”, señala. No es una exageración. Yuste explica que ya existen experimentos reales en los que personas consiguen comunicarse únicamente con su actividad cerebral. “Lo que empezamos a descodificar no es el pensamiento como tal, pero sí las palabras que conjuras en tu mente, lo que llamamos el habla mental”, explica. La base de estos avances es profundamente positiva. La neurotecnología nace para ayudar a personas con enfermedades neurológicas graves. “Hay pacientes paralizados que pueden comunicarse gracias a electrodos implantados en el cerebro que traducen su actividad neuronal en palabras”, afirma Yuste. “Eso es fantástico”. El problema surge cuando esas mismas técnicas salen del ámbito médico y entran en el mercado comercial. Hace dos años, una empresa australiana presentó un casco portátil capaz de interpretar palabras pensadas gracias a inteligencia artificial. En un vídeo, un voluntario pide un capuchino mentalmente sin mover los labios. El mensaje es claro: lo que hoy es un experimento, mañana puede ser un producto de consumo. “Las tecnologías son neutras”, advierte Yuste. “Sirven para curar a un paciente… o para descifrar información privada”. Y ahí aparece el gran riesgo: que los datos cerebrales se conviertan en un nuevo filón económico. Según explica, muchas compañías ya venden dispositivos sencillos, como cascos de electroencefalograma, para meditar, dormir mejor o jugar a videojuegos. “El mercado crece a un ritmo del 30% anual y ya mueve miles de millones”, apunta. El problema es que, al aceptar los términos de uso, los usuarios ceden sus datos neuronales. “En los contratos se autoriza a la empresa a quedarse con esos datos a perpetuidad e incluso a venderlos a terceros”, alerta. Ante este escenario, Yuste impulsa el concepto de neuroderechos, una nueva categoría de derechos humanos destinada a proteger la intimidad mental. “El cerebro es el santuario de la mente y solo se puede entrar con consentimiento y por razones benéficas”, subraya. Estos derechos incluyen la privacidad mental, la identidad personal, la libertad de pensamiento y el acceso equitativo a estas tecnologías. Chile fue el primer país en legislar, y otros estados de Estados Unidos ya han seguido el camino. España también empieza a moverse. Yuste anuncia su implicación en Spain Neurotech, un gran proyecto público de neurotecnología impulsado conjuntamente por el Gobierno central y la Comunidad de Madrid. “Han dejado a un lado las diferencias políticas y han apostado por la ciencia”, destaca. El objetivo es claro: desarrollar tecnología para ayudar a los pacientes, pero con reglas claras desde el principio. “Estamos llegando a tiempo”, insiste el científico. Un futuro inevitable, pero regulado Lejos del alarmismo, Yuste se muestra optimista. “Los seres humanos siempre hemos usado la tecnología para mejorar”, afirma. Pero lanza un mensaje contundente: si vamos a poder llamar a un Uber con la mente, también debemos asegurarnos de que nadie entre en nuestra cabeza sin permiso. Porque el futuro ya no está solo en nuestras manos. Está, literalmente, en nuestra mente.