La reacción habitual cuando llega el primer suspenso a casa es de sorpresa. Es un: «¿En serio? ¿Cómo ha pasado esto?». Y después, ese pequeño pellizco en el estómago. Porque esta calificación también remueve a los padres: dudas, culpa, miedo, frustración… Genera alarma porque toca nuestras propias inseguridades como padres: miedo al fracaso, al futuro, a «no estar haciéndolo bien»... Además en estas situaciones, es muy fácil pasar de la sorpresa al enfado. Por eso, advierte Sonia Martínez Lomas, psicóloga. directora y fundadora de los Centros Crece Bien, «antes de reaccionar, hay que respirar. Un suspenso no convierte la casa en un tribunal, pero tampoco significa que no importe . Importa —claro que importa—, pero no porque defina su futuro, sino porque hay algo que no ha funcionado, y eso conviene entenderlo sin gritos ni juicios. A veces el motivo está claro: no estudió bien . Pero otras, no tanto. A veces fue por nervios, falta de método, desorganización o simplemente porque ese día estaba en otro mundo. Hay que ver qué ha ocurrido». No se trata de fingir que no ha pasado nada, ni tampoco de hacer discursos motivacionales imposibles. «A veces -continúa esta experta-, lo que más ayuda es estar, sin juicio, y dejar claro que un suspenso no cambia lo importante: el amor, la confianza y la oportunidad de hacerlo mejor. Un suspenso, insisto, no es una sentencia. Es una conversación que empieza y, si se acompaña bien, puede ser inicio de algo mejor ». Y en este aspecto, sugiere, «lo más importante es evitar reacciones impulsivas: gritar, castigar, hacer reproches duros o lanzar frases que puedan dañar la autoestima como «¡siempre igual!», «¡así no vas a llegar a nada!» o «¡qué decepción!». Son respuestas en las que uno puede caer pero que generan miedo, culpa o desconexión, y bloquean la posibilidad de aprender de lo ocurrido. Lo que necesita el niño o adolescente es sentir que puede hablar sin ser juzgado, que el suspenso importa, sí, pero que también hay confianza en su capacidad para mejorar». Porque lo cierto, prosigue Martínez Lomas, «es que un suspenso no es un fracaso, es una señal. El primer suspenso puede hablarnos de una dificultad puntual o de algo más profundo: falta de hábito, nervios, desorganización, desmotivación… Es una oportunidad para observar, no para etiquetar». Porque muchos suspensos, señala esta experta, «tienen raíces más profundas que simplemente 'no estudiar'. A veces están relacionados con la gestión emocional: nervios en el examen, miedo al error, frustración o inseguridad. Otras veces con aspectos madurativos: falta de hábitos, dificultad para organizarse o concentrarse. También puede influir el contexto familiar (una mudanza, separación, duelo) o incluso la metodología educativa, si no encaja con su forma de aprender. Es esencial ver el suspenso como un punto de partida para explorar, no como un veredicto». Un suspenso, concluye la directora de los centros Crece Bien, «no define a tu hijo, ni tu valor como madre o padre. Es solo una llamada de atención para parar, escuchar y acompañar mejor. Que un suspenso no cambia lo más importante: el vínculo, el cariño, la confianza. Que el aprendizaje es un proceso, y equivocarse forma parte de él. Acompañar ese momento desde la calma y el diálogo puede ayudar al niño a conocerse mejor, asumir responsabilidades y buscar nuevas estrategias».