La ha vuelto a liar María Jesús Montero: anuncia un proyecto de financiación autonómica en el que todas las comunidades recibirán más dinero y en el que se tenderá a la ordinalidad (que las que más aporten reciban más). Lo que no dice tan abiertamente es que el Gobierno, preso político de Junqueras, garantiza a Cataluña esa ordinalidad, pero no así al resto de autonomías. Tampoco justifica cómo encaja esa ordinalidad territorial en un modelo fiscal progresivo en el que, por supuesto, los ciudadanos que más contribuyen no son quienes más servicios reciben. No hace falta ser economista para entender que para ceder más a quienes les conminan a hacerlo, o se suben los impuestos, o se recortan gastos o se detraen recursos de todos los españoles. Sus poltronas nos están costando demasiado caras. Suso Liste. Santiago de Compostela (La Coruña) Tiene toda la razón el editorialista de ABC: la actuación del Defensor del Pueblo en el caso de las denuncias contra la Iglesia Católica está «fuera de lugar». Por mucho que el Parlamento le encomendara en 2022 a Ángel Gabilondo una investigación sobre posibles delitos sexuales, todo el mundo sabe que el Defensor del Pueblo no tiene atribuida por la Constitución, ni por su ley orgánica, ni por su reglamento, dicha función. El Parlamento no puede hacer lo que quiera. Tampoco el Gobierno del ministro Bolaños, que ahora atribuye al Defensor del Pueblo, sin reformar la Constitución, una función increíble: resolver expedientes indemnizatorios. Todo, absolutamente todo, fuera de lugar. José Luis Gardón. Madrid Delcy Rodríguez, lejos de representar los intereses de un pueblo golpeado por la crisis, proyecta la imagen de una funcionaria atrapada en los juegos geopolíticos de Estados Unidos, que mueve hilos según su conveniencia. Esta dinámica reduce la soberanía a un eslogan vacío y convierte la diplomacia en un intercambio de gestos calculados, mientras millones de venezolanos luchan por sobrevivir. Venezuela no necesita voceros que respondan a presiones externas ni liderazgos que se acomoden al poder de turno; necesita instituciones dignas y representantes libres. Aun así, el sueño de una Venezuela libre persiste. Vive en quienes no se resignan, en la diáspora que no olvida y en quienes dentro del país siguen apostando por la democracia. Ese sueño no será concedido desde Washington ni negado por Miraflores. Claudina Garbajal. Toledo