Los apicultores extremeños han afrontado una de las campañas «más difíciles» de las últimas décadas. Hablando claro, las colmenas se mueren. De hecho, la tasa de mortalidad para las abejas en Extremadura se sitúa en un 50%, una cifra que, además, no parece augurar un futuro positivo. Y de ese crítico porcentaje, el 95% —por no decir el cien por cien— tiene un único culpable: la varroa.