Como el arpa de Bécquer, silenciosa y cubierta de polvo etcétera: así suelen languidecer mis tareas pendientes, esperando que vuelva a ellas como debiera ser. Confieso que escribo esto habitado por esa misma inercia: el texto que comencé ayer ha esperado pacientemente mientras yo me perdía en lecturas circulares o en la contemplación de un mapa antiguo. Algo se interpone entre el deber y la acción, un desvío más urgente que la propia urgencia. Al que, evidentemente, me dedico con más ahínco que a lo que debía hacer. Procrastinación le dicen.